La apachería en el siglo XIX (2)

1851

* El 19 de enero de 1851, se produce un enfrentamiento entre una banda de apaches mescaleros y un destacamento estadounidense en un lugar cercano a la actual Mayhill (Otero County, New Mexico) en el que muere el capitán Henry Whiting Stanton. (Los soldados habían salido para buscar a los mescaleros que habían robado caballos, reses y ovejas a los colonos, que estaban ocupando su territorio. Dos columnas, totalizando 180 hombres, convergieron en los campamentos de invierno de los mescaleros junto al río Peñasco, llegando, una desde el norte [Albuquerque, Bernalillo County, New Mexico], y la otra desde el sudoeste [Fort Fillmore, hoy Las Cruces, Doña Ana County, New Mexico]. Los mescaleros tuvieron varios enfrentamientos y un gran combate con los soldados dirigidos por el capitán Richard Stoddert Ewell, falleciendo varios de ellos y huyendo los demás. Los soldados tuvieron tres muertos, entre ellos el capitán Stanton. El futuro Fort Stanton sería llamado así en su honor). 

* A principios de enero de 1851, dos partidas de guerra apaches incursionan por Sonora. (La primera, formada por guerreros chokonen, estaba liderada por Posito Moraga, Trigueño e Yrigoyen, con algunos nednais de rancherías situadas en Janos [Chihuahua]; la segunda, liderada por Mangas Coloradas, incluía los chihennes de Delgadito y Ponce, los bedonkohes de Teboca, y los chokonen de Miguel Narbona y Esquinaline, más varios coyoteros White Mountain y, según algunas fuentes, unos cuantos mescaleros liderados por Cadete y Ratón. También estaban Cochise, Gerónimo, y probablemente Juh. Merejildo Grijalva, un cautivo ópata de los chokonen, diría que Cochise regresó a su ranchería al frente de sus guerreros llevando 150 caballos y mulas que repartió entre sus seguidores, sin quedarse él ninguno. Añadió que era el botín conseguido en una incursión que llegó hasta Hermosillo [Sonora], a principios de 1851.

Los nednais de Coleto Amarillo no participaron, permaneciendo en Janos. Según informes mexicanos, cada partida tenía, al menos, 150 guerreros cada una.

La primera partida se dirigió a las estribaciones occidentales de la Sierra Madre, a lo largo del río Bavispe y al sur hasta Sahuaripa [Sonora]. La segunda cruzó el río Sonora, llegando por el suroeste hasta los alrededores de Hermosillo, donde dieron la vuelta para emprender el regreso. Ranchos, haciendas, aldeas y viajeros cayeron presa de los guerreros, perdiendo vidas, caballos, mulas, ganado y bienes. Guiados por su odio a Sonora, los apaches mataron despiadadamente a cualquier mexicano que se cruzara en su camino, con poca resistencia por parte de la Guardia Nacional, lo que probablemente sorprendió a los jefes, ya que desconocían que el coronel José María Carrasco había reemplazado a su acérrimo adversario, Elías González. Carrasco aún no había tomado posesión del cargo, dejando así un vacío de poder.

A mediados de enero, ambos grupos se dirigieron hacia el norte con 1.300 cabezas de ganado y caballos, mientras el gobernador de Sonora ordenaba al capitán Ignacio Pesqueira que reclutara una fuerza de 50 soldados de la Guardia Nacional en Arizpe y marchara hacia el noreste para reunirse con una fuerza similar de Bacoachi, bajo el mando del capitán Manuel Martínez [el mismo a quien los chokonen habían intimidado para que liberara a Antonio el verano anterior]. La ruta de los apaches era previsible por lo que Pesqueira envió un corrreo a Martínez  para que se uniera a él  en un lugar llamado “Cerro Colorado”, un pequeño grupo de colinas a 19 km al este del “Pozo Hediondo”. Pesqueira y Martínez se juntaron allí el 16 de enero, sumando en total 80 infantes y 20 dragones de caballería.

Al día siguiente, Pesqueira llevó el destacamento a unos 12 km al nordeste, a la Sierra del Cobre [municipio de Altar, Sonora], donde se ocultaron para preparar una emboscada a los apaches que se dirigían al norte. Pesqueira envió una patrulla, la cual llegó el 20 de enero, diciendo que habían visto por el sur, una nube de polvo que avanzaba por el valle. Al filo del mediodía, Pesqueira tomó posiciones en el “Pozo Hediondo” [la actual Bella Esperanza, 12 km al sur del río Nacozari, Sonora], a unos 32 km al este de Arizpe y a unos pocos kilómetros al suroeste de Nacozari. Desconocía el número de apaches.

“Pozo Hediondo”, hoy conocido como Bella Esperanza, se ubicaba en un hermoso valle rodeado de colinas al este y al sur [12 km al sur del río Nacozari, Sonora]. 

El polvo lo producía el grupo de Mangas Coloradas y Cochise. Delante venía la vanguardia con unas 350 cabezas de ganado. Detrás, Mangas Coloradas llevaba una manada de cerca de 1.000 caballos. Al acercarse la vanguardia, los mexicanos, que superaban a los apaches en una proporción de dos a uno, les atacaron, cogiéndoles por sorpresa. Al estar en desventaja numérica, los guerreros abandonaron el ganado, retirándose a posiciones defensivas en las colinas, peleando ferozmente. Los mexicanos atacaron sus posiciones, haciéndoles huir y yendo tras ellos, creyendo que habían derrotado al pequeño grupo. Pesqueira no sabía que el grueso de la banda venía detrás. Mangas Coloradas, viendo lo que pasaba, ordenó a sus guerreros [unos 150] cargar para rescatar a sus guerreros. Ahora fueron los mexicanos los que resultaron sorprendidos.

En muchos momentos durante las siguientes tres horas, los apaches y los mexicanos libraron una batalla campal, guerra a cuchillo, gran parte de ella cuerpo a cuerpo, ya que ambos bandos estaban tan cerca que los apaches podían usar sus lanzas y arcos. Gerónimo, quien participó en la lucha, recordó que los chiricahuas atacaron a los mexicanos por el frente y la retaguardia. Como muchos jóvenes guerreros, ganó reputación en esta batalla. Luché con furia y muchos mexicanos cayeron por mi mano, diría en el futuro. Cuando el caballo de Pesqueira fue herido en una pata, los mexicanos se retiraron, colina tras colina para buscar protección ante el asalto apache. El duro enfrentamiento duró tres horas, obligando a los mexicanos a buscar posiciones defensivas, colina tras colina.

Sobre las 16:00 horas, todos los oficiales mexicanos habían resultado muertos o heridos. Pesqueira y el teniente, Rafael Ángel Corella, estaban  heridos; y su segundo al mando, el capitán Manuel Martínez, había fallecido. Sobre esa hora, llegó el otro grupo chiricahua dirigido por Yrigoyen, Posito Moraga, Tapilá, Trigueño, Delgadito y Ponce, sumando al menos unos 100 guerreros más. Los dos bandos tuvieron escaramuzas hasta el anochecer, cuando pararon los combates y Pesqueira pudo hacer un recuento de sus bajas: 26 muertos [entre ellos Martínez y otros tres oficiales]; 46 heridos [entre ellos Corella, tenía cuatro heridas, y él mismo]. Pesqueira solo tenía 15 hombres en condiciones de luchar. Según él, los apaches sufrieron 70 bajas, entre muertos y heridos, cifra que parece exagerada.

Siendo imposible continuar luchando, los mexicanos se retiraron hacia la localidad de Cumpas [Sonora], marchando los heridos a pie, cayéndose y levantándose, pues solo sobrevivieron cinco caballos que llevaron a los heridos más graves. Antes, Pesqueira había enviado un mensajero a Cumpas para pedir refuerzos.

El teniente coronel de la Guardia Nacional del presidio de Moctezuma [Sonora], José Ignacio Terán y Tato, al recibir el mensaje de Pesqueira, envió 100 hombres para que fueran al Pozo Hediondo” a enterrar a los muertos y seguir el rastro de los chiricahuas. Llegaron al día siguiente, y al ver los cuerpos muertos, de soldados y caballos esparcidos por el campo de batalla, se negaron a seguir el rastro de los apaches.

Para entonces ya era tarde, pues la partida de guerra de Mangas Coloradas había continuado hacia Bacoachi, probablemente al percatarse de que el presidio tenía escasez de hombres porque muchos de ellos habían caído durante la batalla de Pozo Hediondo”. A las 09:00 horas del 21 de enero de 1851, los apaches sorprendieron a 11 personas fuera del presidio. Mataron a seis, entre ellas al alcalde Teodoro Bustamante, y capturaron a las otras cinco. Poco después, según su costumbre, pidieron parlamentar para intercambiar sus prisioneros. Tras una larga reunión con Mangas Coloradas y otros apaches, los mexicanos recuperaron a tres, pero los otros dos quedaron en poder de los apaches. Eran dos muchachos, Severo Heredia y Jesús Arvizu [Heredia, de 13 años, sería rescatado en el mes de junio por miembros de la Comisión Fronteriza en Santa Rita del Cobre; mientras Arvizu fue cambiado por un caballo por Mangas Coloradas en un trato con los navajos, en julio de 1852].

Luego, los chiricahuas se dirigieron al este, hacia la Sierra Pitáicachi [municipio de Agua Prieta, Sonora], donde se dividieron. La mayoría de los chokonen permanecieron allí. Los chokonen de Yrigoyen y los nednais [el joven Juh entre ellos] regresaron a los alrededores de Janos [Chihuahua] para luego, en unión del también nednai Coleto Amarillo, dirigirse a Casas Grandes [Chihuahua]; Mangas Coloradas con sus bedonkohes y chihennes regresaron a New Mexico a las Burro Mountains [Grant County, New Mexico]; los chokonen de Miguel Narbona y Cochise cruzaron el valle de San Bernardino para dirigirse a sus rancherías de las Dragoon Mountains [Cochise County, Arizona]; los chihennes de Cuchillo Negro, Ponce, Nana y Loco, y del nednai Cigarrito, se dirigieron a Janos [Chihuahua]; los mescaleros de Cadete y Ratón hacia el sur de New Mexico; y los coyoteros White Mountain hacia el sur de Arizona.  

Informes mexicanos hablaban de que la fuerza chiricahua era de 400 a 700 guerreros. Aunque no se sabe con certeza cuánto guerreros participaron, esa cantidad es imposible. No eran 700 guerreros; e incluso 400 era una gran cantidad, considerando que muchos chihennes se habían quedado en New Mexico, y que la mayoría de los nednais estaban en Janos. Una cantidad aproximada podía ser la siguiente: los chihennes de Ponce, 50 hombres; los bedonkohes de Teboca, otros 50; los chokonen de Miguel Narbona, Cochise, Esquinaline, Carro, Posito Moraga, Trigueño, Tapilá e Yrigoyen, unos 175 hombres, casi toda la banda chokonen; unos 25 nednais de Juh; y una banda White Mountain, unos 50; en total unos 350 guerreros. No hay seguridad de la presencia de guerreros mescaleros, pero algunas fuentes mencionan su presencia.

Mangas Coloradas lideró activamente a los chiricahuas, incluso a sus 60 años, pues ningún jefe apache se mantenía al margen mientras sus hombres luchaban. Nunca los chiricahuas habían combatido con tanto ardor como en esa batalla, debido a la determinación y la capacidad de liderazgo de Mangas Coloradas, capaz de coaligar a varias bandas e infundirles confianza para luchar contra los militares sonorenses, llevándoles a la victoria. Mangas Coloradas no lo sabía, pero ese fue el punto culminante del poderío chiricahua sobre el norte de Sonora. El nuevo comandante general de Sonora, el coronel José María Carrasco, había tomado posesión del cargo a finales de enero, aprovechando esta derrota para movilizar a los ciudadanos del norte de Sonora en torno suyo y renovar la política militarista del estado como la única solución al problema apache. Carrasco encontró el norte sumido en el caos tras la derrota de Pesqueira a manos de los chiricahuas en “Pozo Hediondo”. Si bien los apaches habían matado a 111 sonorenses en 1850, una cifra inferior a los 187 de 1849, la situación no era mejor. El descubrimiento de oro en California había disminuido el número de hombres, ya que muchos hombres aptos para el combate habían ido a los yacimientos de oro. Carrasco, decidido a tomar el control, anunció que su principal objetivo era castigar a los apaches. En Sonora, se sabía que muchos “hostiles” residían en Janos en virtud del tratado de paz de 1850, desde donde realizaban incursiones por Sonora. Es cierto que algunos chiricahuas de Janos habían luchado en la batalla de “Pozo Hediondo”, pero la mayoría de los guerreros que tomaron parte estaba compuesta por miembros de las bandas que no habían firmado la paz en Janos.

Un guerrero capturado de la banda chokonen de Posito Moraga dijo a Terán y Tato que Yrigoyen había dirigido a los chokonen en el ataque a Pesqueira. Este testimonio fue refutado por Luis García, un veterano comandante de la Guardia Nacional, natural de Bacerac [Sonora], que fue enviado por Terán y Tato, el 28 de enero, ocho días después de la batalla de Pozo Hediondo”,  para hacer un registro de las bandas apaches acampadas en los alrededores de Janos [Chihuahua] y un informe sobre su posible participación en la reciente incursión por Sonora. Terán y Tato dijo a García: “Por lo tanto, para que podamos estar seguros de esto, y para que podamos saber si la paz se está respetando de buena fe, es necesario saber con certeza cuáles son los indios que se presentan para ser revisados y recibir raciones cada ocho días… Es posible que haya buena fe en este asunto en el estado de Chihuahua, pero aquí, hasta el momento, no parece haber nada más que guerra a muerte para todos”.

García llegó a Janos el 18 de febrero, e inmediatamente se reunió con las autoridades. Tras permanecer en Janos durante los 10 días siguientes, redactó un informe que respaldaba las afirmaciones de Zozaya de que los chiricahuas que vivían en Janos no habían participado en ninguna de las campañas recientes. Concluyó que las 180 familias que vivían en cinco rancherías cerca de Janos, eran inocentes, cumpliendo su acuerdo con Chihuahua, que, a su vez, les proporcionaba raciones. No había visto ninguna evidencia de incursiones en Sonora. Coincidió con las conclusiones de Zozaya de que los culpables eran apaches coyoteros White Mountain; bedonkohes y chihennes de Mangas Coloradas llegados de Arizona y New Mexicoa, respectivamente; y chokonen afincados en Pitáicachi [municipio de Agua Prieta, Sonora], bajo el mando de Posito Moraga, Trigueño, Miguel Narbona y Cochise. En conclusión, García calificó el tratado de Janos entre apaches y mexicanos como “una base modelo”.

Juan Zozaya conocía bien el contrabando que se había desarrollado en Janos durante los últimos 10 años. Elías González lo había señalado como uno de los principales responsables. Aparentemente, Zozaya intentó controlar esta práctica ilícita y sin duda intentó impedir que los hostiles llegaran a Janos y contaminaran el tratado, exponiendo así a Janos a una posible respuesta militar de Sonora. Dado que no podía estar en todas partes a la vez, el comercio ilegal continuó y los chiricahuas más beligerantes llevaron a cabo incursiones por Sonora.  

Ocurrió que cuando García estaba escribiendo su informe oficial, el coronel José María Carrasco [ahora comandante general de Sonora] iba camino de Janos con un gran destacamento. Al llegar a Ures el 19 de enero de 1851, el coronel ordenó de inmediato a todos los desertores que regresaran a sus unidades en un plazo de ocho días o serían fusilados. Planeaba convocar un consejo de guerra que incluiría tanto a militares como a civiles. Su celo impresionó al gobernador de Sonora, José de Aguilar, quien escribió que Carrasco había traído un plan formal para defender el estado de las incursiones apaches. A mediados de febrero, Carrasco llegó a Bacoachi. Para entonces, ya sabía lo que iba a hacer. En su opinión, los chiricahuas de Janos merecían ser castigados por lo que dirigiría una fuerza allí para hacerlo.

En Bacoachi, donde manifestó su intención de declarar una guerra a muerte y sin cuartel contra todas las tribus apaches, excepto contra las mujeres y niños menores de 15 años. Sus fuerzas tenían prohibido negociar con los apaches durante la campaña. En su nuevo edicto, que envió al gobernador, criticó los esfuerzos y la integridad de sus predecesores, José María Elías González y José Terán y Tato. Entre otras cosas, los acusó de descuidar el entrenamiento de sus soldados y de presentar al gobernador informes erróneos sobre campañas victoriosas. Carrasco no podía prever que el periódico El Sonorense publicaría su carta al gobernador, y así fue como Elías González y Terán y Tato se enteraron de las acusaciones. Estas, enfurecieron a Elías González, quien ya estaba molesto por la forma en que se había desarrollado su destitución, y su ira se intensificó aún más. Las acusaciones de Carrasco enfurecieron también a Terán y Tato. Ambos escribieron cartas al gobernador defendiendo su honor y refutando las acusaciones infundadas.

Candelario, hijo del jefe nednai Juan José Compá, estando en Pitaicachi [municipio de Agua Prieta, Sonora] se enteró de que en Sonora había una expedición para atacar a los apaches de Janos. Coleto Amarillo informó a Zozaya de los rumores que llegaban de Sonora sobre una expedición para atacar a los apaches de Janos. Zozaya intentó calmarle, probablemente con la idea de que el informe de García detuviese a Carrasco. Se sabía que la banda nednai de Coleto Amarillo no participó en la batalla de “Pozo Hediondo” por encontrarse en Janos desde junio de 1850, pero Carrasco, no lo creyó o no le importó, considerando a Janos, al igual que muchos sonorenses, como un refugio para los asaltantes apaches y un centro de mercado para la venta del ganado robado.

Antes, a finales de enero, Mangas Coloradas había llegado a su ranchería en las Burro Mountains, pero antes de salir de México envió un emisario a Janos para preguntar si era posible firmar un tratado de paz allí. Juan José Zozaya, comandante de Janos, dijo al emisario que primero debían firmar la paz con Sonora. Al mismo tiempo, Teboca y Esquinaline pidieron que Zozaya les firmara un salvoconducto para volver a Sonora y abrir negociaciones de paz. Los dos jefes apaches debieron de tener muchas dudas, ya que volver a Sonora después del enfrentamiento del Pozo Hediondo”, podía equivaler a un suicidio. Mientras, nada más pisar Mangas Coloradas suelo estadounidense, Delgadito le dijo que un oficial deseaba reunirse con él para hablar. Ese oficial era el teniente coronel Louis Stephenson Craig.

Craig había llegado a Santa Rita del Cobre [Santa Rita, Grant County, New Mexico], el 25 de enero de 1851, con un destacamento de 85 hombres del 3º de Infantería, escolta de la Comisión Fronteriza de los Estados Unidos bajo el mando de John Russell Bartlett, para establecer un ampamento base para la comisión. El día anterior, se había reunido con los chihennes Delgadito y Ponce; y el nednai Coleto Amarillo, a los que regaló tabaco, grano y unas telas de algodón. Craig dijo que quería ver a su jefe Mangas Coloradas, ya que le constaba que tenía intenciones amistosas con los estadounidenses. Mangas Coloradas había llegado a New Mexico al mismo tiempo que Craig estaba reunido con ellos.

El 2 de febrero, Mangas Coloradas visitó a Craig en Santa Rita del Cobre. Sobre el encuentro, Craig escribió: Le expresé mi gran placer al reunirme con él y le informé que siempre había entendido que era amigo de los estadounidenses; que el territorio donde él y su gente residían había sido recientemente comprado al gobierno mexicano por los estadounidenses, y que él y su gente, siempre y cuando se comportaran de manera apropiada, recibirían el trato más amable del gobierno estadounidense; que estábamos a punto de cruzar la frontera entre los dos países y que esperábamos estar entre su gente durante unos 18 meses o más, y que esperaba que se asegurara de que sus jóvenes no molestaran a nuestros animales mientras pastaban cerca del acuartelamiento”.

Mangas Coloradas, fiel a su estilo, respondió que “sentía un gran odio hacia los mexicanos, pero que consideraba a los estadounidenses sus amigos, y que, en lugar de interferir con nuestros animales si alguno se extraviaba, se aseguraría de que nos los trajeran. Desde la perspectiva apache, los estadounidenses aún no habían cometido ningún acto grave que justificara hostilidades abiertas. Sin embargo, seguían siendo recién llegados que invadían su territorio, por lo que seguramente les guardaba cierto resentimiento. Mientras tanto, Mangas Coloradas continuó enviando emisarios a Janos, con la esperanza de que los mexicanos les proporcionaran raciones hasta que pudieran cosechar la planta de mescal en primavera.

Con Craig iba John Carey Cremony, que escribiría el libro Life Among the Apaches”. Cremony tuvo, a finales de enero, un encuentro con el jefe apache chihenne Baishan o Cuchillo Negro [Cremony escribió en su libro que fue en 1850, pero es un error, ya que ocurrió en 1851]. Lo relató así: “Un día me adelanté unos 4’5 km por delante del carro de la Comisión, el cual se había detenido al pasar por el Cooke’s Canyon [Luna County, New Mexico], un áspero y rocoso desfiladero muy peligroso, a unos 64 km al este del río Mimbres, y después de haber encontrado algunas huellas de antílopes, miré alrededor con la esperanza de ver a los animales, cuando me vi rodeado por una banda de alrededor de 25 indios, que avanzaban hacia mí desde todos los lados, dirigido por un salvaje que montaba varios metros por delante de los demás. En ese momento yo podría haber roto el cerco y unirme a mi grupo con muy poco riesgo, ya que mi caballo era infinitamente superior en fuerza y velocidad a sus ponis, pero como veía que el carro iba a estar a la vista dentro de poco tiempo, adopté otra postura. En ese momento, su líder iba a unos 25 metros por delante de sus seguidores y aproximadamente a la misma distancia de mí, percibiendo que acercaba mi mano derecha a mi cartuchera y que podía picar espuelas, me salió al encuentro. Me dirigí a él en los siguientes términos en español: ‘No te acerques o te pego un tiro’. A lo que él respondió: ‘¿Quién eres y de dónde has venido?’.

Al ver que sus guerreros me estaban cercando, le dije: ‘Mira indio, aunque haya muchos guerreros contra un hombre, estás en mi poder; tu gente podrá matarme, pero yo te mataría antes, por lo que te digo que se detengan de una vez’.

Involuntariamente, el apache hizo un gesto con la mano y sus guerreros se detuvieron a unos 35 metros de distancia. Al no gustarme tan poca distancia, volví a instar al jefe a que dejara a sus guerreros más atrás, dando, al mismo tiempo, un significativo movimiento a mi pistola. Esto hizo que los apaches aumentaran la distancia en unos 135 metros. El jefe, quien después supe que se llamaba Cuchillo Negro, se esforzó en ganar mi lado izquierdo, lo que me impidió mantener la cabeza de mi caballo en la dirección en la que él se movía. Luego dijo: ‘Adiós’ y comenzó a reunirse con sus compañeros, pero de nuevo le hice ver en qué posición se encontraba, diciéndole que no lo permitiría, y que debía quedarse conmigo hasta que mis amigos se acercaran. Eso le sorprendió, pues evidentemente creía que yo estaba solo, o algo así. El siguiente diálogo tuvo lugar a continuación:

Cuchillo Negro: ‘¿Qué buscas en mi territorio?

Cremony: ‘Vine aquí porque mi jefe me ha enviado. Él vendrá pronto con muchos soldados y pasará a través de este territorio, pero no tiene la intención de permanecer en él o hacer ningún daño a sus hermanos apaches. Venimos en son de paz y siempre actuaremos en paz, a menos que nos obligues a adoptar otras medidas; si lo haces, las consecuencias pueden ser muy dañinas para ti’.

Cuchillo Negro: ‘No creo en tus palabras. Tú estás solo. Mi gente ha estado vigilando el camino y no ha visto que venga ningún grupo. Si viniese alguno lo sabríamos. Tú estás en mi poder. ¿Qué más tienes que decir?’.

Cremony: ‘Indio, eres tonto. Tienes que tener mucha seguridad para volverte descuidado. Una compañía de soldados se encuentra tras de mí, pero vuestros jóvenes han estado dormidos. Las mujeres los han retenido en el campamento cuando deberían haber estado vigilando. Yo no estoy en tu poder, pero tú sí estás en el mío. Tu gente me puede matar, pero antes te meto una bala en el cuerpo. Cualquier señal que les hagas o cualquier movimiento tuyo hacia adelante, también significará tu muerte. Si no me crees, espera unos instantes y verás como mis amigos llegan alrededor de aquella colina. Ellos son muchos y tienen la intención de permanecer varias lunas en tu territorio. Si los tratas bien puedes hacerte rico y conseguir muchos regalos, pero si los tratas mal te buscarán entre las rocas y las colinas de tu territorio, se apoderarán de tus manantiales, destruirán tus plantaciones y matarán a tus guerreros. Ahora elige’.

Cuchillo Negro: ‘Durante muchos años el hombre blanco no ha venido a estas regiones y no permitimos que la gente entre en nuestro territorio sin conocer su propósito. Si tuvieras amigos como dices, no les habrías dejado y venido solo, por eso es una tontería. Mis jóvenes no han sido retenidos por sus mujeres, pues no hay ninguna a dos soles de marcha y si viniera un gran grupo contigo, lo habrían sabido y me lo hubiesen dicho. Tú tienes muchas armas, pero yo tengo muchos hombres y no te podrás escapar si doy la señal’.

Cremony: ‘Indio, no creo que des la señal, siempre y cuando tú y yo estemos tan juntos. Espera un momento y verás si te digo la verdad’.

Finalmente, aceptó la proposición y nos sentamos en nuestros caballos esperando la llegada del carruaje. No es necesario decir cuáles eran mis sentimientos durante el siguiente cuarto de hora, ni explicar las maniobras que cada cual hacíamos para mantener la ventaja sobre su enemigo. Me siento incapaz de explicar esos instantes. Al terminar el plazo mencionado, el carruaje se puso a la vista a unos 400 metros, rodeando la cima de la montaña, que se había detenido durante la marcha a través del desfiladero rocoso y terrible, llegando con él la infantería con un formidable arsenal de brillantes tubos en su espalda. Ante esta inesperada visión, Cuchillo Negro miró por un momento como si estuviera soñando, pero reculando rápidamente, avanzó directamente hacia mí, extendiendo su mano derecha: ‘Jeunie, jeunie’, que significa amable, amistoso, bueno. Me negué a coger su mano para que, de repente, pudiera tirarme de mi caballo y apuñalarme al caer, pero contentándome me dijo: ‘Somos amigos’. Luego se volvió rápidamente y se marchó a toda velocidad, asistido por sus guerreros. Desaparecieron en otro rocoso cañón, a unos 365 metros de distancia. Posteriormente, me reuní con estos salvajes otras veces y estoy convencido de que el recuerdo de nuestro encuentro anteriormente narrado, no me perjudicó, ni con él ni con su tribu.

La comitiva de la Comisión Fronteriza llegó al Río Grande acampando cerca de una gran laguna, en la orilla occidental del río, observando cómo los apaches cazaban gran cantidad de patos silvestres y barnaclas [o brantas, género de aves anseriformes de la familia Anatidae] de la siguiente manera.

A principios del invierno, cuando estas aves comienzan a llegar en grandes bandadas, los apaches cogen un gran número de calabazas, colocándolas a la deriva a barlovento en la laguna, siendo impulsadas gradualmente por el viento hasta al lado opuesto. Después las recogen y las vuelven a poner otra vez a la deriva. Al principio, los patos y los gansos recelan y sospechan de esos extraños objetos flotantes, pero pronto se acostumbran y pasan junto a ellos sin prestarles atención. Entonces, los apaches encajan las calabazas en sus cabezas, después de haber hecho agujeros para los ojos, la nariz y la boca y, armados con un saco, entran en el agua a no más de 1’5 metros de profundidad, imitando exactamente el movimiento de la calabaza vacía sobre el agua para conseguir estar lo suficientemente cerca de las aves. Luego las agarran por las patas y las arrastran repentinamente bajo el agua, metiéndolas en el saco.  

La comitiva de la Comisión Fronteriza llegó a una fuente termal, cuyas aguas tienen 51º de temperatura, situada a unos 30 km al este de las minas de Santa Rita del Cobre. Cerca había un gran número de antílopes alimentándose en la llanura, a no más de 800 metros de distancia. John Carey Cremony fue a cazar uno, cabalgando a unos 450 metros de la manada. Desmontó y ató su caballo a un arbusto de yuca, avanzando a pie con cautela, con la carabina en la mano. Arrastrándose de arbusto en arbusto y escondiéndose tras las piedras, apuntó a uno de ellos cuando, de repente, se levantó sobre sus patas traseras, gritando en un razonable español: ‘¡No tiras, no tiras!’ [¡No dispares, no dispares!]. Lo que parecía que era un antílope, resultó ser un joven, hijo del jefe apache chihenne Ponce, quien, después de haberse envuelto en la piel de un antílope, con la cabeza, cuernos y todo lo demás, se había deslizado hasta el rebaño bajo su disfraz para cazar, hasta que vio que Carey apuntaba hacia él. Los apaches adoptan con frecuencia este método de caza e imitan las acciones de los antílopes tan bien que engañan completamente a los animales. 

John Carey Cremony, relata en su libro “Life Among the Apaches” un incidente que tuvo con un grupo de apaches: “Pocos años después de terminar mi trabajo en la Comisión Fronteriza, fuimos cinco estadounidenses, haciendo yo de guía porque conocía en camino, a Sonora en busca de provisiones. Una noche acampamos en un lugar donde había varios pozos cavados por anteriores viajeros, llenos de agua potable. Rodeando los pozos había una extensa llanura, sin rocas ni árboles, con algún que otro arbusto, pero ninguno de más de 45 centímetros de altura. Había estado antes en este lugar cuando trabajaba para la Comisión Fronteriza norteamericana. Fue un regalo de Dios, ya que habíamos estado sin agua durante casi 60 horas. Durante el día, habíamos observado numerosas señales indias, por lo que estuvimos en guardia colocando dos centinelas a la vez. Richard Purdy y yo hicimos la primera guardia, cada uno a un costado del campamento. Acordamos no caminar sobre nuestros puestos, sino ocultarnos todo lo posible manteniendo una aguda vigilancia. Antes de la caída de la noche, Purdy y yo arrancamos unos arbustos yendo silenciosamente a nuestro puesto de vigilancia sobre la hierba, estando cada uno protegido por un pequeño arbusto. No había luna, pero la luz de una estrella brillante nos permitía percibir objetos a cierta distancia. El tiempo pasó tranquilamente y a las 23:00 horas llamamos a otros dos compañeros, quienes ocuparon nuestras posiciones. A las 02:00 horas fuimos despertados para reanudar la guardia y cada uno ocupamos nuestro puesto. Apenas había transcurrido una hora cuando me pareció que un pequeño arbusto había cambiado un poco de sitio; pero para no crear una falsa alarma y que se rieran de mí, decidí simplemente observarlo con más atención. Mis sospechas y precauciones se cumplieron al percibir que el arbusto se aproximaba, poco a poco. No me atreví a llamar a Purdy, pero apunté mi rifle, lo mejor que pude, a la raíz del arbusto. Cuando pensé que acertaría, apreté el gatillo. El disparo fue seguido por los gritos de unos 15 apaches que se habían acercado a unos 30 pasos de nuestro campamento, cubriendo sus cabezas con hierba y arrastrándose sobre sus vientres. Nuestros compañeros se pusieron en pie y comenzaron a disparar, haciéndoles. Tuvimos un caballo muerto y otro ligeramente herido, pero, tras una inspección, encontramos al apache que movía el arbusto, muerto de un disparo en la cabeza. Sin esperar al amanecer, preparamos inmediatamente a los animales y continuamos de nuevo el viaje por temor a que los apaches nos adelantasen para emboscarnos en algún paso o cañón peligroso”.

Mientras Carrasco se preparaba para ir con su destacamento de 400 hombres desde Fronteras hasta Janos, se desató una intensa actividad en Janos. A pesar de las intenciones de Zozaya, el rumor resultó ser un presagio inquietante de lo que iba a venir. Zozaya dijo que había vuelto a tener noticias de Mangas Coloradas. Es posible que Mangas Coloradas esperase una respuesta militar de Sonora después de lo sucedido en Pozo Hediondo”. La última campaña de Sonora había llegado hasta las Burro Mountains por lo que bien pudo pensar que ahora harían lo mismo contra los apaches de Janos, por los rumores que llegaban en ese sentido. Para el resto de líderes era su principal preocupación. Querían asegurarse de que el rumor de que un destacamento venía de Sonora era falso.

Las noticias que tenía Zozaya eran que Mangas Coloradas había abandonado las Burro Mountains para unirse al tratado de paz de Janos. Según sus mensajeros, Mangas Coloradas quería vivir en el extremo suroeste de New Mexico, ya fuera en Santo Domingo Playa, Alamo Hueco o las Animas Mountains. Es significativo que ninguna de estas ubicaciones estaban lo suficientemente cerca de Janos como para que las tropas mexicanas pudieran sorprender fácilmente a su gente. Sus motivos no estaban claros, pero era probable que esperara una respuesta sonorense a lo ocurrido en Pozo Hediondo”. Dado que la última campaña sonorense había penetrado en los refugios bedonkohe y chihenne de las Burro Mountains, quizás esperaba que ahora Sonora adoptara el mismo enfoque. Finalmente, el 28 de febrero de 1851, cinco líderes chiricahuas llegaron a Janos para hablar con Zozaya. Desgraciadamente, no hay informes de quienes eran , pero Gerónimo recordaría que estaba presente con los bedonkohes bajo el mando de Mangas Coloradas. Se puede especular que tres eran los chokonen Esquinaline, Posito Moraga y Tapilá [este último estaba en Janos a principios de marzo intentando intercambiar la silla de montar de Pesqueira que había cogido en Pozo Hediondo”. Se sabe que los nednais Coleto Amarillo y Arvizu; y el chokonen Yrigoyen estaban en Janos. Es posible que el bedonkohe Teboca, también, o que hubiese venido con Mangas Coloradas. También puede ser que Mangas Coloradas llegase y se marchase, a tenor de lo afirmado el 24 de febrero por Zozaya: “… Las paces que solicitó Mangas Coloradas, Teboca y Esquinaline, en esta frontera, la primera y más esencial condición que se les puso fue de que la habían de celebrar [la paz] primero con Sonora…”; y sigue: “… que Mangas Coloradas baja de las Burras [Burro Mountains, Grant County, New Mexico], y al efecto me ha puesto dos correos, solicitando la paz que tengo orden de admitirle”. 

El lunes, 3 de marzo, Zozaya, distribuyó raciones de alimentos para 180 familias, que sumaban un total de 600 apaches, entre chihennes, chokonen y nednais, que vivían en cinco rancherías, a pocos kilómetros de Janos. Las penurias económicas de la hacienda pública obligaron a Zozaya a posponer la entrega de raciones a 200 apaches más para la siguiente ocasión.

En ese momento, el coronel José María Carrasco estaba cruzando el límite de Sonora con Chihuahua. La escusa era la búsqueda de siete mulas recientemente robadas en Bacerac [Sonora]). Cuando llegó esa noticia a Janos, Zozaya intentó tranquilizar a Coleto Amarillo diciéndole que solo era un rumor. Según informó un apache que Carrasco capturó en Janos, allí estaban todos los apaches. En otras palabras, ningún chiricahua estaba incursionando por Sonora.

Dos días más tarde, al amanecer del miércoles, 5 de marzo, el destacamento del coronel José María Carrasco, estaba cerca de Janos, sin ser detectado por ningún apache o mexicano. Más tarde justificó su entrada en Chihuahua diciendo que estaba persiguiendo a los ladrones de las siete mulas robadas en Bacerac. Fuese cierto o no, quería venganza. Llegó a las inmediaciones de Janos, poco después de la medianoche del 5 de marzo, dividiendo su destacamento en dos grupos, uno bajo el mando del teniente coronel Prudencio Romero, y el otro por él mismo. Carrasco envió al destacamento de Romero, guiado por un soldado de Janos, a atacar una ranchería situada en el Rancho de la Virgen, a pocos kilómetros al sureste de Janos. Eran alrededor de las 04:30 de la mañana. Habían planeado un ataque por sorpresa, pero encontraron la ranchería abandonada porque los apaches se habían cambiado de ubicación, dándoles tiempo para llegar a la población, donde se refugiaron en casas particulares. Entonces se dirigió hacia Janos. De camino encontró a siete apaches rezagados. Un sargento llamado Ballesteros mató a uno. Capturaron a cinco, además de 16 caballos. El séptimo se tiró al río Janos para intentar salvarse, pero se ahogó. Luego fue a Janos, llegando a las 06:30 de la mañana, rodeando la población. Cuando los vieron llegar, un grupo de apaches que huía del otro destacamento mandado por Carrasco, huyó [entre esos apaches se cree que estaba Gerónimo].

Mientras tanto, Carrasco había atacado la ranchería de Yrigoyen, a pocos kilómetros al oeste de Janos, provocando la huida, río arriba, de la mayoría de los apaches, dirigidos por Tapilá. El jefe Yrigoyen, con tres hombres y cuatro mujeres ancianas, intentaron detener el asalto, plantándose ante los soldados intentando parlamentar, pero los mataron al instante [otras dos mujeres resultaron gravemente heridas]. Seguidamente, los hombres de Carrasco destruyeron la ranchería para llegar a Janos por el oeste, a las 07:00 horas, media hora después de la llegada de Romero, que estaba fuera de los muros del presidio, juntándose los dos grupos. Carrasco entró en la población para capturar a los apaches que se habían refugiado allí, entrando en las casas particulares para buscarlos. Allí mataron a varios apaches más, entre ellos a Arvizu [estaba en la calle, desarmado, no habiendo participado en la batalla de “Pozo Hediondo”, ni había salido de Janos desde que firmó el tratado, según José María Aguirre, jefe político de Galeana], lugarteniente de Coleto Amarillo. Al final de la operación, Carrasco había matado a 21 apaches [16 hombres y cinco mujeres]; y capturado a 62 [seis hombres, llamados Antonio, Barriga, Calisto, Marcelo, Octla, y Tinaja; cuatro muchachos adolescentes; cuatro mujeres, dos de ellas llamadas Rita y Sisgalle; y 48 niños]. La mayoría de las bajas eran chokonen y nednais, aunque parece probable que mataron más mujeres y niños que los que Carrasco reflejó en su informe, al menos eso diría Gerónimo. Carrasco también capturó 38 caballos y mulas con marcas provenientes de Sonora.

Gerónimo, cuando era prisionero de guerra en Fort Sill [Oklahoma] narró sus memorias en 1905 y 1906 a Stephen Melvil Barrett, inspector de escuelas en la comarca de Lawton [Comanche County, Oklahoma], teniendo como traductor a su primo segundo Asa Daklugie, hijo del jefe nednai Juh. Daklugie había estudiado en la Escuela India de Carlisle, donde aprendió inglés. En su relato y, posiblemente, por su avanzada edad [85 años], Gerónimo confundió las fechas, trasladando la matanza a 1858, cuando en realidad fue en 1851; y el lugar, afirmando que fue en Kas-ki-yeh, nombre apache para designar el pueblo de Ramos, situado junto a un pequeño río cerca de Casas Grandes, cuando en realidad sucedió en Janos. El informe del coronel Carrasco no ofrece dudas, está bien documentado en los periódicos de la época y derivó en un conflicto político entre los estados de Sonora y Chihuahua.

En el ataque a Janos, Gerónimo perdió a su madre, Juana o Juanita, a su primera esposa Geeshkizn [más conocida como Alope] y a sus tres hijos pequeños. Gerónimo, en su vejez, dijo al artista Elbridge Ayer Burbank que los encontró tumbados sobre un charco de sangre, cuando anteriormente había dicho en sus memorias que no vio los cuerpos de su familia, pero él los dio por muertos. Según los informes y los recuerdos de Gerónimo, Mangas Coloradas se encontraba en las cercanías en el momento del ataque de Carrasco. Cuando los guerreros regresaron a su campamento y lo encontraron destruido, se reunieron en el punto de encuentro acordado. En un consejo convocado por Mangas Coloradas, se decidió que, dado que solo quedaban 80 guerreros y, ante la gran cantidad de soldados mexicanos, no podían hacer nada. Así pues, su jefe, Mangas Coloradas, dio la orden de partir hacia el norte, dejando a los muertos en el campo de batalla.

Gerónimo no pudo recuperar los cuerpos. ¿Pero por qué no pudieron estar entre los 62 cautivos que el coronel Carrasco se llevó hacia Sonora? Charles Leland Sonnichsen en su libro “Gerónimo. El final de las guerras apaches” dijo: “En 1851 el coronel José María Carrasco decidió poner freno a las incursiones de los chiricahuas y llevó a cabo la masacre de Janos, en la que murieron, según el relato de Gerónimo, su madre, su esposa y sus tres hijos. Las investigaciones más recientes han puesto en duda que la familia de Gerónimo fuera masacrada en aquella ocasión [más bien parece que su familia fue vendida en el mercado de esclavos], pero desde ese día Gerónimo juró vengarse de todos los mexicanos y se ensañó con una crueldad inusitada con todos cuantos cayeron en sus manos”.

Gerónimo diría en sus memorias: “Cada día íbamos al pueblo a comerciar, dejando el campamento bajo la protección de una reducida guardia, para que no pasara nada con nuestras armas, nuestros víveres, nuestras mujeres y niños durante nuestra ausencia.

Una vez, cuando volvíamos, nos salieron al encuentro unas pocas mujeres con niños diciendo que soldados mexicanos de alguna otra ciudad habían atacado nuestro campamento, matando a todos los guerreros de la guardia, capturando todos nuestros caballos, destruyendo nuestras reservas de víveres, y matando a muchas mujeres y niños. Nos separamos rápidamente, escondiéndonos lo mejor que pudimos hasta que llegó la noche; entonces nos reunimos en asamblea en un lugar que teníamos previsto, una zona de matorral muy espeso, junto al río. Llegamos cautelosamente uno por uno; colocamos centinelas y, una vez hicimos el recuento, descubrí que mi anciana madre, mi joven esposa y mis tres hijitos estaban entre los muertos. No habíamos encendido ninguna luz en el campamento, de modo que, sin que los demás se dieran cuenta, me fui. Estuve mucho rato de pie junto al río. No sé cuánto, pero cuando vi que los guerreros estaban preparando un consejo, me reuní con ellos y ocupé mi lugar.

Aquella noche no voté ni a favor ni en contra de ninguna de las propuestas; se decidió sin mi voto que, puesto que no quedábamos más que 80 guerreros, estábamos sin armas ni víveres, rodeados por los mexicanos, no podíamos tener ninguna esperanza de combatir con éxito. De modo que nuestro jefe, Mangas Coloradas, dio la orden de ponernos en marcha, desde allí mismo y en silencio, hacia nuestros territorios de Arizona, y dejar allí los muertos.

Estuve allí de pie, quieto, hasta que todos hubieron pasado, sin saber qué haría. No tenía armas, ni tampoco deseaba mucho luchar, ni tampoco pensaba en recuperar los cuerpos de los que yo amaba porque eso se había prohibido. Tampoco recé, ni decidí nada en particular, pues me encontraba sin objetivo en la vida. Al final seguí en silencio a mi tribu, manteniéndome a la distancia justa para oír el suave roce de los pies de los apaches en retirada.

A la mañana siguiente, algunos guerreros consiguieron algo de caza, parándonos el tiempo justo para asarla y comerla; luego reemprendimos la marcha. Yo no había cazado nada y no comí. Durante los primeros días, y mientras estuvimos allí, no hablé con nadie, ni nadie me habló. No había nada que decir.

Durante dos días y tres noches caminamos a marchas forzadas, sin pararnos nada más que para comer; luego montamos un campamento cerca de la frontera [entre los Estados Unidos y México], y nos quedamos allí descansando dos días. Allí ya comí un poco y hablé con los demás apaches que habían sufrido pérdidas. Pero ninguno había perdido tanto como yo, que lo había perdido todo.

A los pocos días llegamos a nuestro campamento habitual. Allí estaban los adornos que había hecho Alope, los juguetes de nuestros pequeños. Lo quemé todo, incluso mi wickiup, la de mi madre y todas sus pertenencias [De acuerdo con las costumbres apaches, Gerónimo no podía quedarse con las pertenencias de sus parientes, pero no estaba obligado a destruir su wickiup ni los juguetes de sus hijos].

Ya no volví a estar contento en nuestro tranquilo campamento. Es verdad que podía visitar la tumba de mi padre, pero había jurado vengarme de los mexicanos que me habían hecho tanto daño, y siempre que estaba cerca de la tumba de mi padre o veía algo que me recordara los felices días pasados, me dolía el corazón de las ganas de vengarme de los mexicanos”.

Miguel Narbona y sus chokonen no necesitaban motivo para vengar las afrentas sufridas por parte de Sonora. El 9 de marzo, cinco días después del ataque de Carrasco, Miguel Narbona lideró una partida de guerra chokonen que mató a varias personas en Bamori y Sinoquipe [municipio de Arizpe, Sonora]. En Bamori, un mexicano infligió una herida en la cabeza a Miguel Narbona. Cuando al día siguiente atacaron Sinoquipe, llevaba un vendaje en la cabeza, diciendo a Justo Calderón, poco antes de clavarle su lanza, que había sido herido en Bámori durante su anterior ataque. 

El capitán Juan José Zozaya, comandante de Janos, protestó ante Carrasco por el ataque, quién defendió su acción, permaneciendo durante cinco días, registrando testimonios de apaches capturados. Su principal informante fue Tinaja, un apache cercano a Mangas Coloradas, que confesó que hacían pequeñas incursiones a Sonora todos los días para robar ganado; y que cada tres o cuatro lunas organizaban grandes partidas de guerra, mientras sus familias permanecían en sus rancherías, yendo cada lunes a Janos para recibir sus raciones. En muchas ocasiones solo las mujeres y los niños aparecían en los días de racionamiento. Tinaja implicó a varios ciudadanos de Janos en el comercio con diferentes chiricahuas como Candelario, Yaque [Yaqui] y Pealche [Piase], ninguno de estos, miembro de su banda. Estos ciudadanos eran miembros de una red organizada para llevar los bienes robados para venderlos en El Paso del Norte [Ciudad Juárez, Chihuahua]. Sisgalle, probablemente una esposa del chokonen Chagaray, confirmó la versión de Tinaja. Otra mujer, Rita, confirmó que los apaches vendían las mulas abiertamente a los ciudadanos, al igual que Negro y Gato, probablemente, dos muchachos también capturados en Janos.

Carrasco afirmó haber recuperado 300 cabezas de ganado, incluyendo 38 caballos y mulas, de la ranchería de Yrigoyen, que algunos pertenecían a ciudadanos de Sonora y otros al destacamento de Ignacio Pesqueira, tras la batalla del Pozo Hediondo” [la silla de montar, en poder de Tapilá; y el caballo de Pesqueira, con una herida de bala en su pie derecho, fueron recuperados de la ranchería de Yrigoyen]. Tapilá y Pealche [Piase] habían ido a Janos el día anterior al ataque, siéndoles prohibida la entrada en el presidio, por lo que fueron a la ranchería de Yrigoyen, donde pasaron la noche, estando presentes, por coincidencia, durante el ataque de Carrasco. Este planteó el caso de José María Robles, un ciudadano de Santa Fe [Santa Fe County, New Mexico] que había comprado una mula a un apache en Janos que antes había sido robada a un ciudadano de Tepache [Sonora]. ¿Cómo acabó la mula en poder del apache?

Zozaya negó las acusaciones de Carrasco de que apaches y ciudadanos locales estuvieran involucrados en el intercambio de bienes robados. Los apaches habían estado viviendo pacíficamente en las inmediaciones del presidio; todo el ganado estaba legalmente registrado y marcado por el Estado. El periódico oficial de Chihuahua, criticó severamente la acción del destacamento de Sonora. Su gran victoria había sido capturar a los apaches dentro de las casas de Janos, personas que esperaban obtener seguridad por un tratado de paz. Sus tropas habían violado el territorio de Chihuahua y subvertido todas las reglas de la disciplina militar. El coronel Medina, comandante militar de Chihuahua, protestó ante el gobierno central, pero este, dio su apoyo al coronel Carrasco. El 10 de marzo, Carrasco salió de Janos hacia Ures [entonces capital de Sonora] con los 62 apaches capturados [seis hombres, cuatro mujeres, y 52 niños]. Esa tarde, un grupo de asustados apaches entraron cautelosamente en Janos esperando en vano que Carrasco no se llevara a sus familiares. No responsabilizaron a Chihuahua de lo ocurrido; sino que intentaron convencer a Carrasco para que devolviera a sus parientes. Por cada pueblo que pasaba era recibido como un héroe. Llegó el 26 de marzo, entregando los cautivos al capitán Teodoro López de Aros, quien los llevó a Guaymas, no sabiéndose nunca más nada de ellos. ¿Estaban los familiares de Gerónimo entre ellos? Pocos meses después, Carrasco diría a John R. Bartlett, responsable de la Comisión Fronteriza, que los cautivos habían sido llevados al interior [de México], siendo distribuidos entre las haciendas y ranchos como sirvientes.

El 28 de marzo de 1851, Carrasco escribió al ministro de Guerra y Marina en Ciudad de México, justificando su actuación: El gobierno de Chihuahua gasta una suma considerable cada mes comprando azúcar, trigo, maíz, cigarrillos y ovejas para abastecer de raciones a los apaches que viven en el campo y que solo acuden los lunes a recibirlas. Además, se les entrega a sus familias cuando están de campaña en Sonora. Quienes venden grano tienen un interés personal en los tratados de paz, ya que después de suministrarlo al comisionado y de que este lo distribuya, lo recompran a cambio de un poco de licor y algunos productos de algodón que se introducen de contrabando por El Paso. De esta manera obtienen grandes ganancias, además de que esto genera el hambre que lleva a los indios a ir a Sonora a robar caballos y ganado. Luego venden lo que no consumen. Su Excelencia podrá comprobar que todo esto queda bien probado en la acusación que presenté en Janos, un documento que contiene testimonios de los indios y los residentes. Aún más concluyente es la reunión que mandé reunir en el pueblo, de las bestias de carga y los animales de monta que pertenecen a los residentes y a los militares. Todos son de Sonora y han sido robados en los últimos días. En resumen, Su Excelencia, a lo largo de toda la frontera chihuahuense, desde Janos hasta El Paso… no se come ganado ni se ensilla ningún animal, excepto los de Sonora. ¿Puede Su Excelencia, el gobernador del estado de Chihuahua, el comandante general y el inspector de las Colonias Militares tolerar algo que no ha sido permitido por naciones independientes ni siquiera en tiempos más salvajes? ¿Qué habría hecho el cristianismo? ¿Qué habría dicho Europa si un estado hubiera abierto sus puertas a los rubios barbudos cuando estos controlaban el Mediterráneo, sembrando la devastación en las costas y el cautiverio de los habitantes? ¿Qué habría dicho, repito, si uno de los pequeños estados de Italia, por cobardía o avaricia, hubiera abierto un mercado para la reventa de los frutos de la piratería y de los esclavos cristianos vendidos allí por turcos y argelinos? Se habría pronunciado el anatema, se habría borrado a ese pueblo de la lista de las naciones, y su nombre se habría convertido en sinónimo de salvajismo… Que el estado libre de Chihuahua, excelente señor, imite a los países libres; que declare la guerra a los bárbaros. Si sucumbe, al menos tendrá el consuelo de haber cumplido con su deber. Por su parte, el comando general de Sonora no descansará hasta haber civilizado o destruido a los enemigos del estado.

Al final, los argumentos de Carrasco se impusieron. El gobierno federal en Ciudad de México no iba a censurarlo por cumplir con su deber: matar apaches. El 4 de abril de 1851, emitieron la Circular nº 5, de la oficina del ministro de Guerra y Marina, que establecía las condiciones para que un comandante militar de un estado cruzara las fronteras de otro. Explicaba que la frontera no debía ser un obstáculo para los oficiales fronterizos cuando persiguieran a nativos hostiles. Sin embargo, sí exigía que estas fuerzas notificaran a las “autoridades civiles y militares correspondientes para que pudieran tomar las medidas necesarias para cooperar y castigar a dichos indios”. A ojos de México, este edicto distaba mucho de ser una solución. Mientras un chiricahua atacara Sonora mientras los apaches vivían en paz en Janos, sus gobernantes, con el genocidio como solución, acusarían a los apaches que vivían cerca de Janos.

Las autoridades sonorenses pensaban que los chiricahuas vengarían rápidamente el ataque de Carrasco. A mediados de abril, un informe llegado de Bavispe indicaba que un numeroso grupo de guerreros se había reunido al norte de allí, pero parece que causaron pocos problemas en ese momento. El alcalde de Bacoachi esperaba un asalto y solicitó al gobernador, armas y municiones por temor a que su pueblo “cayera en manos del enemigo”. Estos rumores sugerían que Mangas Coloradas había llegado al nordeste de Sonora, lo que generalmente significaba problemas para Sonora. Mientras la mayoría de los chiricahuas esperaba iniciar conversaciones para conseguir la liberación de sus familiares, otros partieron para vengar el ataque que habrían sufrido.

Un grupo local de Janos, liderado por el nednai El Chinito, reanudó las hostilidades en Chihuahua, sin duda para vengar la muerte de Arvizu. Con otros 20 guerreros emboscó, en la Hacienda de la Nariz, al sur de Janos, un grupo de carros propiedad de Juan María Ponce, matando a dos hombres, hiriendo a otros, y quemando cuatro o seis carretas. Se llevó 300 fanegas de maíz, 80 bueyes y 20 mulas, después de esparcir por el suelo otras 100 fanegas de maíz. Ponce y Coleto Amarillo denunciaron este ataque, declarando que los hostiles se habían ido al río Mimbres; al menos este es el informe que tenemos de Delgadito, quien también se encontraba en el norte de México con Mangas Coloradas. A pesar de eso, 2/3 de los chiricahuas [95 familias que sumaban unas 400 personas] que recibían raciones antes del ataque de Carrasco, volvieron a primeros de abril.

Mientras, la prensa mexicana se hacía eco de la intervención de Carrasco y de sus consecuencias. El periódico “El Siglo Diez y Nueve” publicó el martes, 15 de abril: “Al dar el correo la noticia que oficialmente se sabe que los indios de Janos fueron atacados y derrotados por el comandante general de Sonora, D. José María Carrasco, acusa a este jefe de ligereza, por haber acometido a una ranchería de apaches, que estaban confiados en la garantía del tratado de paz que habían celebrado con el gobierno y comandancia general de Chihuahua. Se espera aún que no se altere la tranquilidad, si se devuelven a los apaches los prisioneros que se les hicieron, y sobre todo, si no vuelven a ser atacados, mientras no falten a sus convenios”.

En la primavera, Mangas Coloradas estaba con los chokonen de Miguel Narbona, CarroCochise en el nordeste de Sonora. Mientras Carrasco iba con sus tropas de un lado a otro, los chiricahuas comenzaron a tomar represalias contra Sonora. Un grupo llegó hasta Tepache [Sonora], donde atacó varios ranchos. Poco después, este u otro, asaltó Granados, matando a siete hombres).

* En marzo de 1851, el teniente estadounidense J. P. Holliday visita a una banda de hambrientos apaches jicarillas que vivía a unos 95 km al sudeste de las Manzano Mountains ([Torrance County, New Mexico]. Su jefe, Francisco Chacón, que deseaba permanecer en paz, viajó a Albuquerque [Bernalillo County, New Mexico], entregando un rebaño de ovejas robado a los colonos por los navajos, quejándose amargamente de sus incursiones en su territorio).

* El 2 de abril de 1851, los jefes apaches mescaleros Josecito y Lobo, y el jicarilla Francisco Chacón, firman un tratado de paz con James Silas Calhoun, gobernador de New Mexico y de oficio, Superintendente Indio. (El 16 de mayo, el gobernador de New Mexico, James Silas Calhoun, se reuniría con ellos en Anton Chico [Guadalupe County, New Mexico], 32 km al sur de Las Vegas [San Miguel County, New Mexico], dando maíz a los jicarillas y a una banda comanche que había venido de Texas, pero que huyó cuando los comancheros [comerciantes que vendían armas y licor a los comanches] les dijeron que los estadounidenses los iban a matar.

El sucesor de Calhoun, John Greiner, continuaría su política y el 1 de julio de 1852, firmaría otro tratado. Sin embargo, estos tratados estaban condenados a romperse desde el día que se firmaban. Un jefe de una banda de mescaleros que vivía en las White Mountains podía prometer vivir en paz, pero eso no era vinculante para las bandas que vivían las Guadalupe o Davis Mountains al sur. O peor aún, los estadounidenses no diferenciaban si una banda de mescaleros estaba en paz, y una banda de apaches jicarillas cometía depredaciones, o al revés, y ambos sufrieron sus represalias).

* El 2 de mayo de 1851, John Russell Bartlett, miembro de la Comisión Fronteriza entre los Estados Unidos y México, llega a Santa Rita del Cobre ([Santa Rita, Grant County, New Mexico]. Bartlett se reunió con su homólogo mexicano, el comisionado Alejo García Conde [quien acababa de negociar el tratado de paz de junio de 1850 con los chihennes y los nednais], en El Paso del Norte a principios de diciembre de 1850. Los dos hombres, entablaron una relación inmediata y una excelente colaboración, debiendo decidir la línea fronteriza entre ambos países. En Santa Rita del Cobre, su grupo contaba con casi 300 hombres, entre soldados, miembros de su equipo de agrimensores y civiles contratados en El Paso y el sur de New Mexico. Uno de sus empleados era Santiago Brito, un hombre de 31 años, oriundo de Sonora. Brito, quien se había alistado como soldado en Janos en 1840, había sido dado de baja recientemente del ejército mexicano. Finalmente se establecería en Pinos Altos, donde conoció a Mangas Coloradas. El jefe chiricahua estaba en Sonora con sus bedonkohes y chihennes cuando llegó Bartlett, quien el 16 de mayo, salió para Sonora en busca de suministros. Regresó a Santa Rita del Cobre el 23 de junio y, ese mismo día, conoció a Mangas Coloradas.

Durante la tercera semana de mayo de 1851, el coronel José María Carrasco estaba en Fronteras (Sonora) preparando una segunda campaña contra los chiricahuas. (Mientras estaba ultimando los preparativos, el 23 de mayo llegó Bartlett, camino de Arizpe en busca de suministros, con una pequeña escolta al mando del tenioente coronel Louis Stephenson Craig. Los 400 hombres de Carrasco [tres compañías de Infantería y una de Caballería], sorprendieron a Bartlett porque vestían todo tipo de atuendos” y apenas llevaban zapatos”, al contrario que los oficiales, los cuales estaban bien vestidos y contrastaban notablemente con los soldados rasos”. La presencia de un apache con el rango de sargento también sorprendió a Bartlett. Este apache, probablemente, Mariano Arista, llevaba mucho tiempo al servicio de México, donde era bien tratado y conocía bien los lugares frecuentados por su gente”. Bartlett escribió que Carrasco ha decidido convertirla en una guerra de exterminio”.

A finales de mayo, Carrasco partió de Fronteras para las Alamo Hueco Mountains [Hidalgo County, New Mexico], donde atacó la ranchería del líder janero nednai Láceris. Allí capturó a un anciano, que murió poco después, y recuperó 23 animales. Luego fue a Janos donde se reunió con varios líderes chokonen y nednais, quienes expresaron su preocupación por los familiares que había llevado a Sonora. Con Yrigoyen muerto, representaron a los chokonen Chepillo y Chagaray, quienes tenían familiares entre los cautivos. Gervasio [un hijo de Juan José Compá] y Calderón representaron a los nednais. Carrasco dijo que devolvería a sus prisioneros si los chiricahuas hacían la paz y se asentaban en Fronteras, Bavispe y Bacoachi. Sus términos, que contenían 28 artículos, eran innegociables. Los apaches, desesperados por ver a sus seres queridos, estuvieron de acuerdo en todo y prometieron enviar el mensaje de Carrasco a los chokonen que estaban en la Sierra Pitáicachi [municipio de Agua Prieta, Sonora] y a Mangas Coloradas.

Carrasco volvió a Fronteras a mediados de junio. Después se fue a Arizpe, donde fallecería de cólera el 21 de julio, dejando las conversaciones con los chiricahuas en el aire. A pesar de ello, a mediados de julio, unos 400 chokonen cumplieron con su palabra yendo a Fronteras y acampando, el mismo 21 de julio, en sus inmediaciones. En agosto, Chepillo y Chagaray viajaron a Ures a ver a sus familiares, entre ellos la esposa de Chagaray, pero al no poderlos ver regresaron a Fronteras, reunieron a sus seguidores y huyeron a las montañas.

El 1 de junio, estando Bartlett en Arizpe, población de unos 1.200 habitantes, ocurrió el siguiente suceso. Un grupo de 25 soldados llevaba a cinco presos apaches, dos hombres y tres mujeres, a la cárcel de Arizpe a la espera de su destino final. Dos días después, llovió torrencialmente; la noche era sumamente obscura y tormentosa; los truenos sacudían las colinas y los repetidos relámpagos de los rayos asustaban a la gente. Los guardias mexicanos que vigilaban a los apaches entraron a fumar. Poco después de la medianoche, oyeron unos peculiares ruidos que venían de fuera de la prisión, repitiéndose con un énfasis que les llamó la atención. Instintivamente, los guardias sabían que esos ruidos procedían de los apaches que estaban llamando a sus amigos encarcelados, lo que pronto se hizo evidente por los prisioneros, los cuales comenzaron a cantar en su lengua materna lo suficientemente fuerte para ser oídos desde fuera.  Ningún guardia se atrevía a salir a causa de la impenetrable obscuridad para enfrentarse a los apaches, cuyo número era desconocido. Los guardias no podían confiar en recibir ayuda; nadie les asistiría en caso de ataque, ya que solo contaban con ocho hombres y un sargento, estando atemorizados. Percibiendo esto, los prisioneros apaches clamaron con audacia que los dejasen salir, dando al mismo tiempo, gritos para informar a sus amigos de su ubicación, siendo secundado por repetidos golpes con piedras contra la puerta. En su abrumador terror, los guardias se agruparon y abriendo un poco la puerta permitieron salir a los apaches. No es necesario añadir que no fueron vistos nunca más.

Otro incidente que ilustra este temor, lo contó John Carey Cremony, también miembro de la Comisión Fronteriza, en su libro “Life Among the Apaches”: “Un grupo de 15 apaches siguió a una recua de mulas, cuyos arrieros alcanzaron, por poco, unos 300 metros, Arizpe. Se salvaron gracias a la obscuridad de la noche, pero la recua fue saqueada. En menos de una hora, cerca de 200 hombres se armaron con el propósito de perseguir a los salvajes y recuperar el saqueo. Sucedió que me encontraba [Cremony] en la plaza en ese tiempo, y pude observar a los indios en las montañas situadas al este de la población. ‘¿Por dónde se fueron?’, preguntó el jefe mexicano. Señalé en qué dirección y también llamó su atención, la cantidad de polvo levantado por los salvajes en su retirada. Me dio las gracias, poniéndose a la cabeza de su columna, gritando, ‘Marchamos valientes’, dirigiéndose en sentido contrario a la que señalaba. En ese momento me di cuenta de que un asunto parecido nunca ocurriría donde yo soy, en cambio, un mexicano debe preguntar por la ruta que han seguido los indios, sabiendo que es la opuesta a la que realmente han seguido”.

A principios de junio, un estadounidense llamado Antonio Hicks llegó a Janos con un grupo de cuatro estadounidenses, un inglés, un francés y un mexicano, en dirección a California. Los habitantes de Janos les advirtieron del riesgo de ser atacados por los apaches, pero el grupo de Hicks decidió seguir adelante, uniéndose otros dos hombres.

El 8 de junio, llegaron a la parte mexicana del Cañón de Guadalupe o Guadalupe Canyon, situado en el vértice que une los estados de Arizona [Cochise County]; New Mexico [Hidalgo County]; y Sonora [municipio de Agua Prieta].  Allí unos 50 apaches [aunque dijeron que eran 200] les emboscaron, matando a un estadounidense e hiriendo a otros tres.. Este incidente lo relató John Carey Cremony, miembro de la Comisión Fronteriza entre los Estados Unidos y Mexico, en su libro “Life among the Apaches”:Al regresar de Sonora nos encontramos con una fuerza de 200 soldados mexicanos en el Guadalupe Pass, quienes nos informaron que un grupo de 10 estadounidenses habían sido asaltados por los apaches, cerca de la localidad de Janos con el resultado de un muerto y tres heridos, salvándose los aterrorizados supervivientes gracias a su precipitada huida”. Cremony tuvo la convicción de que ese ataque había sido perpetrado por chihennes, quienes habían sido aparentemente amistosos con ellos, pero no se pudo comprobar. Revelaciones posteriores indicaron que las sospechas estaban bien fundadas poco tiempo después a su llegada a Santa Rita del Cobre [Grant County, New Mexico], cuando John Russell Bartlett, responsable de la Comisión Fronteriza, habló con el jefe chihenne Mangas Coloradas sobre el tema, este negó tener conocimiento de lo sucedido. Sin embargo, dos días después admitió que lo sabía y que lo habían hecho unos malos hombres “sobre los que él no tenía autoridad”. Mangas Coloradas pudo haber mentido sobre este punto para no admitir que su gente había matado a un estadounidense, aunque hubiese sido en Sonora. Probablemente, participó en el ataque al grupo de Hicks junto con los chokonen de Miguel Narbona y Cochise.

Durante su estancia en Santa Rita del Cobre, John Carey Cremony conoció a un guerrero apache mescalero llamado Gian-nah-tah [en el futuro sería conocido como Cadete]. Este, en el curso de una conversación, le dijo: “¿no mantengo a siete mujeres?”, esto a pesar de no ser el jefe de su banda, pero sí el saqueador más hábil.

Cremony contó otra anécdota estando en Santa Rita del Cobre: “Estaba una tarde escribiendo una carta, sentado delante de mi tienda de campaña, cuando se acercó un apache y por alguna razón me miró con atención.

– ‘¿Qué estás haciendo?’, preguntó al fin.

– ‘Hablando con mis amigos que están en casa’.

– ‘Pero ¿cómo se puede hablar con ellos tan lejos?’.

– ‘Yo te lo diré. Cuando el apache quiere indicar velocidad, hace la figura de un pájaro; si desea indicar algo hermoso o dulce, dibuja una flor; si desea expresar la pereza, hace la figura de una tortuga. Pero nosotros no usamos símbolos, y en su lugar hemos acordado ciertos caracteres que, poniéndolos juntos, hacen las palabras e indican ideas. Por ejemplo, ves que hacemos estas marcas; bien, yo enviaré esta carta a mis amigos y ellos saben exactamente lo que significan estas marcas; igual que  sabrían lo que significan un pájaro o una tortuga; porque estamos de acuerdo en una interpretación distinta y especial’.

Estas ideas le fueron expresadas en español y repetidamente hasta que pareció comprender lo esencial.

El apache reflexionó un rato y luego dijo: No te creo, esos caracteres parecen todos iguales; nadie puede distinguir alguna diferencia entre muchos de ellos; estás tratando de engañarme y hacerme creer que eres un gran hombre-medicina’.

– ‘Indio, le contesté. ‘Yo te daré la prueba. ¿Ves al hombre de allí? Es el proveedor. Te daré una nota para él que le autoriza a darte un trozo de tabaco; hay por lo menos 370 metros de distancia y no puede saber lo que estamos hablando. Si te da el tabaco a la recepción de mi nota, me tendrás que creer’.

– ‘Muy bien. Mi hermano de ojos blancos habla muy bien. Voy a hacer la prueba y veremos si dices la verdad’.

Escribí la nota y se la di a mi amigo cobrizo, que comenzó a trotar hasta que alcanzó al proveedor, dándosela. Tras leerlo, el proveedor le entregó un trozo de tabaco, pareciendo asombrarle mucho. Mi amigo miró la maleza, a continuación se rascó la cabeza y miró de nuevo, sin disimular su asombro, avanzando sin detenerse hacia mi tienda. Cuando a unos 18 metros, noté que sus ojos brillaban con satisfacción contenida y a toda prisa por llegar, dijo: ‘Mira, hombre blanco, has intentado poner en ridículo a un pobre apache. Tú y el otro hombre habéis ideado esto de antemano para obligarme a creer que tienes una gran medicina. Ahora, si quieres que te crea, escribe otra carta para otro trozo de tabaco y si me lo da, entonces te creeré’.   

No es necesario añadir que el ardid del astuto apache para conseguir dos trozos de tabaco, no tuvo éxito”.

Bartlett regresó a Santa Rita el 23 de junio y al final del día se reunió con Mangas Coloradas. Según Cremony, Mangas Coloradas había llegado a la conclusión de que la paz y la moderación eran “la mejor parte del valor”. Llegó con “12 o 15 de su tribu” y declaró ser amigo de los estadounidenses. Durante los meses siguientes, Bartlett mantuvo varias reuniones con Mangas Coloradas, quien se autodenominó “el jefe principal de todos los apaches”. No era así. Solo se refería a ciertas bandas de bedonkohes, chihennes y janeros nednais. Mangas Coloradas impresionó a Bartlett, calificándole como un hombre “de gran sentido común y juicio perspicaz… [que] por el bienestar de su tribu… estaría dispuesto a hacer sacrificios”. Bartlett escribiría el 5 de julio en su diario que los jefes chihennes Mangas Coloradas, Cuchillo Negro, Delgadito y Ponce; y el nednai Coleto Amarillo habían venido a conferenciar. Mangas Coloradas se alegró cuando se enteró de que Bartlett no iba a explotar las minas de Santa Rita. Los chiricahuas habían oído siempre el mismo argumento: que su territorio pertenecía a los españoles, luego a los mexicanos, y ahora a los estadounidenses. Bartlett dijo que pronto se iría cuando sus hombres midieran el terreno, lo que complació a Mangas Coloradas. Según Cremony, Mangas Coloradas había llegado a la conclusión de que la paz y la moderación eran “la mejor parte del valor”.  

Se desarrolló una buena relación entre Mangas Coloradas y Bartlett, el cual aprendió un vocabulario limitado de palabras apaches gracias al jefe. Bartlett aconsejó a Mangas Coloradas que cultivara maíz, criara mulas, caballos, etc., en lugar de robárselos a los mexicanos. Mangas Coloradas escuchó con respeto, pero se mostró reacio, respondiendo simplemente que era demasiado viejo para cultivar maíz o arar la tierra y que debía dejar esas cosas a sus jóvenes. En el futuro, Mangas Coloradas seguiría el consejo de Bartlett.

El comisionado informó a Mangas Coloradas que el Tratado de Guadalupe Hidalgo obligaba a los estadounidenses a proteger a los mexicanos y a impedir que los apaches incursionaran en México. El jefe apache aseguró a Bartlett, que no molestaría a la parte mexicana de la Comisión Fronteriza, dirigida por Alejo García Conde, la cual trabajaría conjuntamente con la parte estadounidense. Para fomentar la amistad, Bartlett obsequió a los jefes con regalos. A Mangas Coloradas le dio un traje de paño azul, varias prendas de vestir y alimentos para su familia.  Bartlett describió el atuendo: “[Era] un frac forrado de escarlata y adornado con botones dorados. Sus pantalones, a petición suya, estaban abiertos desde la rodilla hacia abajo, al estilo mexicano, con una hilera de pequeños botones decorativos a un lado y una ancha franja de tela escarlata al otro, desde la cadera hacia abajo. Una camisa blanca y una faja de seda roja completaban el atuendo. Mientras el sastre lo tuvo en sus manos, lo visitaba diariamente para ver cómo iba su confección, y un niño podría haber envidiado su alegríaMangas Coloradas lució el traje con orgullo durante una semana hasta que lo perdió en una apuesta con otro apache.

Bartlett acababa de regresar de Sonora y dirigiéndose a él, Mangas Coloradas le dijo que los apaches le habían estado observando todo el tiempo. El jefe declaró que aunque él y su pueblo profesaban amistad a los estadounidenses, estos debían tener cuidado cuando viajaban por el territorio porque había indios “hostiles”. Bartlett contestó que también deseaba tener buenas relaciones con los apaches y explicó que ahora los estadounidenses y los mexicanos habían designado comisiones para determinar el trazado exacto de la nueva frontera internacional entre las dos naciones. Asimismo, explicó el contenido del artículo 11 del tratado de Guadalupe Hidalgo, por el que los Estados Unidos tenían la obligación de prohibir toda incursión contra México y devolver las propiedades robadas allí. Aunque Mangas Coloradas no comprendía por qué, él y su gente, tenían que dejar de hacer lo que siempre habían hecho, aparentemente aceptó la explicación. Por lo menos así lo entendió Bartlett. Pero los apaches se sentían libres y las costumbres adquiridas a lo largo de más de dos siglos de conflicto con los españoles y mexicanos no iban a cambiar tan fácilmente.

A las dos semanas del primer encuentro entre Mangas Coloradas y Bartlett, ocurrieron tres incidentes que pudieron haber tenido graves consecuencias. 

El primero, el 27 de junio, un grupo de mexicanos de New Mexico llegó a Santa Rita del Cobre con una joven mexicana que habían intercambiado recientemente con los apaches. Se llamaba Inés González, y era originaria de Santa Cruz [Sonora]. Los Pinal Apaches la habían capturado en el Cañón de Cocospera el 30 de septiembre de 1850, durante la emboscada que cobró la vida del teniente Santurnino Limón y de varios hombres. Al enterarse de su situación, Bartlett solicitó al teniente coronel Craig que exigiera de inmediato la entrega de la joven a la Comisión Fronteriza. John Carey Cremony lo relató en su libro “Life among the Apaches”: “En la tarde del 27 de junio [Cremony se equivocó de año siendo en 1851 y no en 1850], el Sr. W. Bausman, el Sr. J. E. Wierns y yo estábamos parados frente a la tienda del cantinero, cuando nos dimos cuenta de una luz, parecida a un fuego de campamento, a unos 180 metros de distancia, cerca de la orilla del arroyo. Sabíamos que los indios tenían prohibido estar ahí después de la puesta del sol y como nadie de la Comisión acampaba por esa zona, acordamos ir y averiguar quiénes eran. Nos acercamos cautelosamente y nos encontramos con un vivac de indios y mexicanos [en realidad eran de New Mexico]. Entre ellos se encontraba una joven y guapa muchacha, vestida con una camisa hecha jirones, con una falda de piel de ciervo y otra piel echada sobre sus hombros. Esta joven, que no era india, parecía ser la que servía al grupo, para los cuales estaba preparando la cena. Nos aproximamos sin ser vistos y tranquilamente nos dirigimos hacia el fuego, que estaba a unos 3’5 metros del grupo, y pregunté a la joven en voz baja, quienes eran esas personas. Ella parecía asustada y se negó a responder, alejándose a esperar a sus acompañantes. Nos quedamos hasta que regresó, cuando le dije que era necesario que supiésemos quiénes eran; a lo que ella puso un dedo en sus labios denotando que no se atrevía a hablar. Vuelta a preguntar afirmó en un susurro que era una cautiva y que los mexicanos presentes la habían comprado y que la iban a llevar a New Mexico. Como esto está totalmente prohibido por las leyes de los Estados Unidos, nos dirigimos de inmediato al señor Bartlett y pusimos el asunto en su conocimiento para su consideración. Con prontitud, el Sr. Bartlett comunicó los hechos por escrito al coronel [teniente coronel] Craig, y pidió al oficial un grupo de soldados para rescatar a la chica de su triste condición. Esta petición fue aceptada inmediatamente, por lo que el teniente Green recibió la orden de guiar un destacamento para llevar a la muchacha ante el Comisionado. Esto se hizo sin demora y la cautiva fue instalada para pasar la noche bajo el cuidado del Sr. Bartlett, quien le asignó una cómoda habitación con una guardia de protección.

Mientras tanto, los apaches habían escapado, pero los tratantes mexicanos fueron puestos bajo custodia durante la noche. Al día siguiente fueron convocados ante el Comisionado para que diesen cuenta de la posesión de la chica y de sus futuras intenciones. Declararon llamarse Peter Blacklaws, Pedro Archeveque y Faustino Valdés. Los testimonios extraídos de estos hombres eran muy contradictorios, pero a tenor de los mismos concluimos que estaban de acuerdo con otros 50, en el trueque y comercio ilegal con los indios, vendiéndoles pólvora y armas, probablemente, a cambio de prisioneras mexicanas, caballos, pieles, etc. El Sr. Bartlett estaba plenamente autorizado para arrebatarles a la cautiva, pero no para castigar a esos sinvergüenzas, que fueron puestos en libertad;  pero indicándoles que abandonasen inmediatamente el lugar, cosa que hicieron en menos de 20 minutos. 

La joven cautiva, de 15 años, dijo llamarse Inés González, la mayor de los hijos de Jesús González, de Santa Cruz, en la frontera de Sonora. Unos nueve meses antes, ella había salido de Santa Cruz con su tío y otras personas para estar presente en la fiesta grande de Nuestra Señora de la Magdalena. Estaban protegidos por una escolta militar de 10 soldados y un alférez [era el teniente Saturnino Limón]. El segundo día del viaje, el 30 de septiembre de 1850, fueron emboscados por un gran grupo de Pinal Apaches [Western Apaches], matando a su tío y a ocho soldados, incluyendo a su oficial; llevándola a ella y a dos amigas más. Había estado durante siete meses en su poder, obligados a realizar los duros trabajos de una mujer apache, recibiendo patadas y golpes como recompensa. Sin embargo, una anciana de la tribu, que tenía una lengua ante la cual, incluso los guerreros se acobardaban, ayudó a Inés, y desde ese momento la protegió ante los insultos o daños, mientras estuvo entre ellos. Sus compañeras de cautiverio fueron posteriormente adquiridas por otros comerciantes mexicanos que se fueron al norte. Nunca más las vio u oyó hablar de ellas. Un segundo grupo la compró, con vistas a llevarla a Santa Fe [Santa Fe County, New Mexico] para revenderla, cuando fue rescatada por la Comisión, cuyos miembros compitieron entre sí para dar su protección y cuidar a esta pobre y sufridora chica. 

Inés González regresó a su hogar el 23 de septiembre, cuando faltaba un día para cumplirse el año de su captura. Posteriormente, tendría dos hijos con el capitán Gómez, comandante de la guarnición mexicana de Tubac [Santa Cruz County, Arizona], entonces perteneciente a México; y con quien se casaría después. A su muerte se casaría otra vez con el alcalde de Santa Cruz [Sonora]”.

El segundo incidente tuvo lugar al día siguiente, el 28 de junio, cuando Mangas Coloradas y Delgadito llegaron con un numeroso grupo de guerreros cuando dos muchachos mexicanos corrieron hacia la tienda de Cremony, que este había instalado en las afueras de Santa Rita del Cobre, y le rogaron protección. Se llamaban Severo Heredia, de 13 años, natural de Bacoachi, capturado al día siguiente de la batalla de “Pozo Hediondo”, hacía poco más de cinco meses; y José Trinfan, de alrededor de 10 o 12 años, capturado en Fronteras seis años antes.

Cremony, basándose en las actas de Bartlett, escribió en su libro “Life among the Apaches”: “Tenía mi tienda a varios cientos de metros del resto de la Comisión, oculta a la vista de mis compañeros por una loma. Siendo la tarde extraordinariamente calurosa y sofocante, estaba yo acostado en mi catre leyendo una obra prestada del Dr. Webb, mientras José [mi criado] estaba ocupado frente a la tienda, lavando algo de ropa en un balde. Un gran número de los apaches se encontraba en el campamento ese día, pero no me habían molestado, como era su costumbre. De repente, dos niños mexicanos se introdujeron en mi tienda, escondiéndose debajo de mi catre. Esto me sorprendió por lo que les pregunté quiénes eran y qué querían. ‘Somos mexicanos, caballero y estamos cautivos de los apaches y nos hemos escondido aquí para escaparnos. Por Dios no nos lleve otra vez con ellos’. Llamé a José y le pregunté: ¿Hay apaches cerca?’. No, señor’, respondió, pero están llegando por el camino’.

Al instante salté de la cama, introduje dos revólveres en mi cinturón, cogí dos más, una en cada mano, ordené a José colgarse la carabina al hombro y llevar la escopeta de dos cañones en sus manos, diciendo a los chicos que se colocasen tras de mí, uno a cada lado, dejando la tienda de campaña para llevarlos ante el responsable de la Comisión.  

No habíamos avanzado unos 20 metros cuando un grupo de unos 30 o 40 apaches nos rodearon y, con palabras y gestos amenazantes, exigieron la inmediata liberación de los cautivos; pero yo estaba decidido a pesar de los riesgos. Le dije a José que juntase su espalda a la mía, amartillase el arma y disparase al primer apache que armase su arco o que diese señales de hostilidad; mientras que, con una pistola amartillada en cada mano, fuimos dando vueltas, con el fin de hacer frente a todas las partes del círculo y a la vez, advirtiendo a los apaches que se mantuviesen a distancia. De esa manera avanzamos unos 180 metros, cuando mi situación fue percibida por varios miembros de la comisión quienes, sacando sus revólveres, vinieron en mi ayuda. Los apaches nos acompañaron a donde el Comisionado, a quien le entregué los niños. Al día siguiente por la noche, el señor Bartlett los envió al campamento del general García Conde, comisionado mexicano, acompañados por una fuerte escolta quien, posteriormente, los devolvió a sus respectivas familias.

El 4 de julio, Mangas Coloradas, Ponce, Delgadito, Cuchillo Negro, Coleto Amarillo y unos 200 guerreros, entre los que estaba el que reclamaba a los chicos, llegaron a Santa Rita del Cobre, para conferenciar. El grupo de apaches formaron en semicírculo, en tres filas de profundidad, frente a la puerta del local donde tenía lugar la conferencia, mientras que los principales jefes y alrededor de una docena de miembros de la Comisión, bien armados, ocupaban una sala en nuestro edificio de adobe. Se repartió tabaco y una nube de humo se elevó antes de que se iniciara la sesión. Unos 150 miembros de la Comisión estaban cerca con sus armas listas. Después de un largo y profundo silencio, la conversación fue comenzada por Mangas Coloradas, por parte de los apaches, y por mí mismo, por parte de los americanos. Cada frase de los apaches se escribía y se traducía al señor Bartlett, quien decía algo, si le parecía importante, o permitía que el intérprete respondiera, según las circunstancias. Como las sucesivas conversaciones de la entrevista fueron originalmente escritas en su totalidad por mí mismo, y entregadas al señor Bartlett como registro oficial, y posteriormente publicadas por él sin ninguna alteración, considero justificado hacer uso de ellas para mi libro.

Mangas Coloradas habló y dijo: ¿Por qué cogisteis nuestros cautivos?’

– John Carey Cremony: Vuestros cautivos vinieron a donde nosotros y pidieron nuestra protección’.

Mangas Coloradas: ‘Usted vino a nuestro territorio. Ustedes fueron bien recibidos. Sus vidas, sus propiedades, sus animales estaban a salvo. Vinisteis solos, de dos en dos, de tres en tres a través de nuestro territorio. Fuisteis y vinisteis en paz. Siempre trajimos vuestros animales perdidos de nuevo. Nuestras esposas, nuestras mujeres y niños vinieron aquí y visitaron sus casas. Éramos amigos, éramos hermanos. Creyendo eso, estábamos entre ustedes y trajimos a nuestros cautivos, confiando en que éramos hermanos y que sentiríais lo que nosotros sentimos. No ocultamos nada. Nosotros no vinimos a escondidas ni de noche. Vinimos a pleno día y ante sus caras, mostrando nuestros cautivos. Creíamos en sus demostraciones de amistad y confiábamos en ellas. ¿Por qué nos quitasteis nuestros cautivos?’.

John Carey Cremony: Lo que hemos dicho es verdad. No decimos mentiras. La grandeza y la dignidad de nuestra nación prohíben que lo hagamos. Lo que nuestro hermano ha dicho es verdadero y bueno también. Ahora vamos a decirle por qué nos llevamos a sus cautivos. Hace cuatro años, nosotros también estábamos en guerra con México. Sabemos que los apaches distinguen entre Chihuahua y Sonora. Ahora están en paz con Chihuahua pero en guerra con Sonora. Nosotros, en nuestra guerra, no hacemos esa distinción. Los mexicanos, ya vivan en uno u otro Estado, pertenecen todos a una sola nación, y lucharon como nación. Cuando terminó la guerra, en la que vencimos, hicimos la paz con ellos. Ahora son nuestros amigos y, por los términos de la paz, estamos obligados a protegerlos. Nosotros dijimos esto cuando vinimos por primera vez aquí y les pedimos el cese de las hostilidades contra México. Pasó el tiempo y creció la amistad; todo ha ido bien. Usted vino aquí con sus cautivos. ¿Quiénes eran esos cautivos? Mexicanos; la misma gente que le dijimos que estábamos obligados a proteger. Se los quitamos y los enviamos al general García Conde, quien los puso en libertad en su propio país. Demostramos que no mentimos. Prometimos protección a los mexicanos y se la dimos. Prometemos amistad y protección para ustedes y se la vamos a dar. Si no lo hubiésemos hecho con México, no nos creerían ustedes con respecto a sí mismos. No podemos mentir’.

Durante la lenta conversación, Ponce se estaba volviendo muy excitado y, siendo incapaz de contenerse por más tiempo, se levantó y con aspavientos dijo: ‘Sí, pero usted cogió nuestros cautivos sin advertirnos de antemano. Éramos ignorantes de esa promesa de devolver cautivos. Fueron hechos cautivos en guerra lícita. Ellos nos pertenecen. Ellos son de nuestra propiedad. Nuestro pueblo también ha sido hecho cautivo por los mexicanos. Si hubiéramos sabido eso, no habríamos venido aquí. No habríamos puesto nuestra confianza en ustedes’.

– John Carey Cremony: Nuestro hermano habla con ira y sin reflexionar. Los niños y las mujeres pierden los estribos, pero los hombres reflexionan y argumentan; y el que tiene la razón y la justicia de su lado, gana. Sin duda, ustedes han sufrido mucho por los mexicanos. Esa es una cuestión en la que es imposible para nosotros decir quién está equivocado o quién tiene la razón. Ustedes y los mexicanos se acusan mutuamente de ser los agresores. Nuestro deber es cumplir con nuestra promesa para ambos’. 

Ponce: No soy ni un niño ni una mujer. Soy un hombre y un bravo. Hablo con reflexión. Sé lo que digo. Hablo de los males que hemos sufrido y del que ahora se nos hace’. Entonces, poniendo su mano sobre mi hombro, dijo de una manera muy excitada:No debes hablar más. Deje que alguien más hable’.

Como era yo el que estaba negociando, inmediatamente coloqué ambas manos sobre sus hombros y, empujándolo hasta el suelo, le dije: ‘Quiero que sepas que soy el único intérprete que puede hablar con ustedes. Ahora permanezca sentado. Usted es una mujer y no un bravo. Voy a elegir a un hombre para hablar por los apaches. Delgadito venga aquí y hable en nombre de su nación’.

Es imposible describir la rabia contenida de Ponce, pero, viendo que no tenía ninguna posibilidad, no pronunció una palabra más durante la sesión. Luego Delgadito se levantó y dijo: ‘Que mi hermano diga las explicaciones de su pueblo’.

John Carey Cremony: ‘Queremos explicar a nuestros hermanos apaches por qué hemos hecho eso y lo que podemos hacer por el dueño de esos cautivos. Sabemos que ustedes no han actuado a escondidas o en la oscuridad. Vinisteis de día y trajisteis a vuestros cautivos entre nosotros. Nosotros los cogimos en pleno día, obedeciendo las órdenes de nuestro gran jefe en Washington. El gran jefe de nuestra nación, dijo que debíamos coger a todos los cautivos mexicanos que estén en poder de los apaches y ponerlos en libertad. Nosotros no podemos desobedecer esa orden y por esa razón cogimos a vuestros cautivos’.

Delgadito: ‘No podemos dudar de las palabras de nuestros valientes hermanos blancos. Los americanos son valientes. Sabemos y creemos que un valiente desprecia mentir. Pero el dueño de esos cautivos es pobre. Él no puede perderlos, conseguidos a riesgo de su vida y adquiridos por la sangre de sus parientes. Él justamente exige sus cautivos. Somos sus amigos y deseamos que esto se cumpla. Es justo, y de justicia nos lo pide’.

– John Carey Cremony: ‘Vamos a decirles a nuestros hermanos apaches lo que se puede hacer. Los cautivos no se pueden devolver. El Comisionado no puede comprarlos. Ningún americano puede comprarlos; pero hay un mexicano empleado nuestro que está ansioso por comprarlos y devolverlos a sus hogares. No tenemos ninguna objeción de que lo haga; y si no es lo suficientemente rico, algunos de nosotros le ayudaremos’.

Delgadito: ‘El dueño no quiere vender, sino que quiere sus cautivos’.

– John Carey Cremony: ‘Ya le he dicho a nuestro hermano que eso no puede ser. No hablamos con dos lenguas. Entendedlo’.

A continuación, se celebró una breve consulta entre los líderes apaches, después de lo cual, Delgadito dijo: ‘El dueño quiere 20 caballos por ellos’.

John Carey Cremony: ‘El apache se ríe de su hermano blanco. Piensa que soy una mujer y que puede jugar con él como con una flecha. Que el apache hable otra vez’.

Delgadito: El bravo que es dueño de esos cautivos no los quiere vender. Él ha tenido a uno de esos niños durante seis años. Creció bajo su cuidado. Sus lazos le obligan a permanecer con él. Es como un hijo para su vejez. Habla nuestra lengua y no lo puede vender. El dinero no puede comprar el afecto. Su corazón no se puede vender. Le enseñó a manejar el arco y empuñar la lanza. Le encanta el chico y no lo puede vender’.

– John Carey Cremony:Lamentamos que eso sea así. Lo sentimos por nuestro hermano apache y nos gustaría aliviar su corazón. Pero no es culpa nuestra. Nuestro hermano ha fijado su afecto en el hijo de su enemigo. Es muy noble. Pero nuestro deber es sagrado. No podemos evitarlo. Hiere nuestros corazones herir a nuestros amigos; pero si fueran nuestros muchachos y la ley nos obligara a ello, diría: Parte con ellos; parte con ellos. Nosotros lo haríamos. Deja que nuestro hermano apache reflexione y fije su precio’.

Delgadito: ‘¿Qué le van a dar?’. A lo que el Sr. Bartlett respondió: ‘Venid y os lo mostraré’.

Todo el grupo se disolvió yendo al almacén del economato, donde estaban las mercancías, tales como tejidos de algodón, mantas y chaquetas, que por valor de 250 $ fueron presentadas para obtener su aceptación. Eso era más de lo que la codicia apache podía soportar; cerrándose pronto el trato y el asunto terminó en paz. Pero nunca fue olvidado, y estaba seguro de que llegaría la hora en la que procurarían vengarse. Mis expectativas fueron justificadas, ya que, finalmente, robaron casi 200 animales de la Comisión”.

Bartlett pareció decepcionado de que “no entendieran, o no quisieran entender, y abandonaran nuestro campamento visiblemente ofendidos”. Pidió a Mangas Coloradas que regresara al día siguiente, cuando “intentaría complacerlo”. En cambio, Mangas Coloradas no acudió, probablemente porque sabía que Bartlett había enviado a los dos muchachos bajo estricta vigilancia a García Conde, quien posteriormente los devolvió a sus familias.

El tercer incidente ocurrió el 6 de julio, cuando se produjo una discusión en Santa Rita del Cobre entre un mexicano llamado Jesús López, trabajador de la Comisión Fronteriza estadounidense, y un apache, por un látigo que pertenecía a este último, el cual resultó gravemente herido por un disparo del mexicano. Un gran número de apaches, que estaban en Santa Rita, incluyendo Mangas Coloradas, Delgadito y Coleto Amarillo, montaron en sus caballos y huyeron en varias direcciones, sin duda recordando la masacre de Johnson. El teniente coronel Louis Stephenson Craig, comandante de la escolta de la Comisión Fronteriza, indicó a Cremony que los siguiera. Este los alcanzó en las colinas y les convenció de que regresaran, que eran amigos, que el mexicano había sido detenido, y que se le pondrá en manos de la justicia. Los soldados de Craig llevaron a López “con los pies encadenados” ante los apaches. López admitió haberlo disparado “en una disputa personal”. Mangas Coloradas y los demás jefes comprendieron que los estadounidenses no habían tenido nada que ver con el incidente y la “conferencia terminó en buenas sensaciones”. El detenido fue puesto bajo vigilancia; mientras que el apache herido fue llevado al hospital, dándole toda clase de asistencias. Aguantó 13 días, hasta el 19 de julio, cuando murió, siendo enterrado por los apaches, quienes rechazaron el ataúd y el entierro ofrecido por los estadounidenses de la Comisión Fronteriza. 

El 21 de julio, Mangas Coloradas regresó a Santa Rita, donde un gran grupo de chiricahuas se reunió con Bartlett para discutir qué hacer con el mexicano que disparó a un apache. Ya el 10 de julio había informado a Bartlett que iba a trasladar su campamento a una zona donde pudiera cazar venados. Planeaba regresar a Santa Rita del Cobre a finales de mes. Probablemente había ido a Santa Lucía Springs [después conocido como San Vicente de la Ciénega; y finalmente Silver City, Grant County, New Mexico]. Bartlett explicó que no tenía más remedio que entregar al mexicano a las autoridades de Santa Fe para que lo juzgaran. Si lo encontraban culpable, sería castigado conforme a la ley estadounidense. Esa noche, Mangas Coloradas cenó con Bartlett en su tienda antes de regresar a su campamento en Santa Lucía. 

Dos días después, el 23 de julio, Ponce, Delgadito, Coleto Amarillo, Nachesoa y la madre del chiricahua muerto por el mexicano se reunieron con Bartlett para pedir la entrega del mexicano, contestando Bartlett que enviaría al hombre a Santa Fe [Santa Fe County, New Mexico] para ser juzgado. Un gran grupo de apaches se había congregado para escuchar a los que iban a hablar, para pedir la entrega del mexicano. Bartlett estaba decidido a que solo se aplicara la ley estadounidense. Ese día los almacenes de la comisión y los de los cantineros estaban cerrados y cada estadounidense estaba listo para actuar ante la menor advertencia. Bartlett escribió en su “Personal Narrative of Explorations and Incidents in Texas, New Mexico, California, Sonora, and Chihuahua”:

Bartlett: Me siento triste, igual que todos los estadounidenses aquí presentes, y simpatizo con nuestros hermanos apaches por la muerte de uno de sus bravos. Todos somos amigos. El fallecido era nuestro amigo, y lamentamos su pérdida. Yo sé que él no cometió ningún delito; que incluso no provocó el ataque sobre él. Pero nuestros hermanos apaches deben recordar que no murió por la mano de un estadounidense. Fue por la de un mexicano, aunque empleado de la Comisión. Por esta razón, es mi deber velar porque se haga justicia y el asesino sea castigado. Estoy aquí al mando de la Comisión Fronteriza para trazar la línea divisoria entre los Estados Unidos, el país de los estadounidenses, y México. Más allá de esto, no tengo poderes. El gran jefe de los estadounidenses vive lejos, muy lejos, hacia el sol naciente. De él, recibí mis órdenes y las órdenes se deben obedecer. Yo no puedo interferir en el castigo a cualquier hombre, ya sea indio, mexicano o estadounidense. Hay otro gran jefe que vive en Santa Fe. Él es el gobernador de todo New Mexico. Este gran jefe administra las leyes de los estadounidenses. Solo él puede castigar a un hombre cuando ha sido encontrado culpable. Enviaré a este gran jefe al asesino de nuestro hermano apache. Él le juzgará y, si es hallado culpable, le castigará de acuerdo a las leyes estadounidenses. Esto es todo lo que puedo hacer. Es lo que me dispongo a hacer con este hombre. Es todo lo que tengo derecho a hacer”.

Ponce se levantó para responder y dijo: Todo esto es muy bueno. Los apaches sabemos que los estadounidenses son nuestros amigos. Los apaches creemos que lo que dicen los estadounidenses es cierto. Sabemos que los estadounidenses no hablan con dos lenguas. Sabemos que usted nunca nos dijo una mentira. Sabemos que va a hacer lo que dice. Pero los apaches no estarán satisfechos al saber que el asesino ha sido castigado en Santa Fe. Queremos castigarlo aquí, en Santa Rita del Cobre, donde la banda del bravo muerto pueda ver a quien le quitó la vida cuando todos los apaches puedan verlo muerto [Ponce hizo la señal de colgarle por el cuello]. Entonces los apaches verán y sabrán que sus hermanos estadounidenses les hacen justicia”.

Bartlett: Voy a proponer otro plan para los apaches. Mantener al asesino encadenado, como lo veis; hacerle trabajar y dar todo lo que gane a la esposa y a la familia del bravo muerto. Eso lo pagará en mantas, en tela de algodón, en maíz, en dinero, o en cualquier otra cosa que la familia desee. Les daré todo eso ahora, lo que deba este hombre, y al final de cada mes les daré 20 $ en bienes o en dinero. Cuando venga la temporada del frío, estas mujeres y sus hijos vendrán y recibirán sus mantas y telas para mantener el calor, y el maíz para satisfacer su hambre”.

Ponce: Habla usted bien. Sus promesas son buenas. Pero el dinero no va a satisfacer a un apache por la sangre de un bravo. El dinero no ahoga el dolor de esta pobre mujer por la pérdida de su hijo. ¿Satisfaría a un estadounidense el dinero por la muerte de su gente? ¿Pagaría usted dinero, señor Comisionado, por la pérdida de su hijo? No; el dinero no iba a enterrar su dolor. No va a enterrar el nuestro. La madre del bravo muerto demanda la vida de su asesino. Nada más va a satisfacerla. Ella no quiere saber nada de dinero. Ella no quiere ningún bien. Ella no quiere maíz. ¿Satisfaría el dinero [golpeándose el pecho] la muerte de mi hijo? ¡No! Exigiría la sangre del asesino. Entonces yo estaría satisfecho. Luego estaría dispuesto a morir. No me gustaría vivir y sentir el dolor que la pérdida de mi hijo me haría”.

Bartlett: “Sus palabras son buenas. Usted habla con el sentimiento del corazón. Siento lo mismo que usted. Todos los estadounidenses sienten como usted. Nuestros corazones están tristes por su pérdida. Nosotros lloramos con esta pobre mujer. Haremos todo lo posible para ayudarla a ella y a su familia. Yo sé que ni el dinero ni los bienes pagarán su pérdida. No quiero que los apaches, mis hermanos, lo consideren así. Lo que propongo es para el bien de esta familia. Mi deseo es que se sientan confortables. Deseo darles la ayuda de la que han sido privados por la pérdida de su protector. Si se arrebata la vida al detenido, se satisface su deseo de venganza. La ley y la justicia están satisfechas, pero esta pobre mujer no obtiene nada. Ella y su familia siguen siendo pobres. No tienen a nadie que trabaje por ellos. ¿No será mejor prever sus necesidades?”.

Se produjo un breve intercambio de opiniones entre los apaches y la madre del hombre muerto fue llamada para saber su opinión. Exigió con vehemencia la entrega del asesino de su hijo, indicando su determinación de no estar satisfecha con nada más. De acuerdo con esta opinión, Ponce volvió a hablar y dijo: Si un apache mata a un estadounidense, ¿no nos hacen la guerra y matan a muchos apaches?”.

Bartlett: No, yo pediría la detención del asesino y estaría satisfecho con castigarlo como los apaches castigan a los que cometen asesinatos. ¿No lo hice con una banda de apaches que atacaron a un pequeño grupo de estadounidenses, hace muy poco, en el camino de Janos? ¿Acaso no mataron a uno de ellos, hiriendo a otros tres con sus flechas? ¿Y no llegaron a repartirse todos sus bienes? Todos ustedes saben que eso es cierto y yo sé que es verdad. Pasé cerca del lugar donde ocurrió, tres días después. ¿Por qué los estadounidenses no nos vengamos de ustedes por ese acto? Somos lo suficientemente fuertes. Tenemos muchos soldados y en pocos días podemos traer mil más aquí. Pero no habría justicia en ello. Los estadounidenses creemos que ese crimen fue cometido por hombres malos y cobardes. Los apaches tienen malos hombres entre ellos; pero los que ahora se encuentran entre nosotros son nuestros amigos, y no vamos a exigir la compensación a ustedes. Sin embargo, como dije antes, ustedes deben esforzarse por encontrar a los hombres que mataron a nuestro hermano y castigarlos. Nuestros animales se alimentan en sus valles. Algunos de sus malos hombres podrían robarlos, como ya lo han hecho; pero los estadounidenses no hacemos la guerra por eso. Nosotros os hacemos responsables y hacemos un llamamiento para que los encuentren y los traigan aquí, como antes hacían. Mientras los apaches continúen haciendo esto, los estadounidenses serán sus amigos y sus hermanos. Pero si los apaches cogen nuestras propiedades y no las devuelven, ya no pueden ser amigos de los estadounidenses. Entonces vendrá la guerra; miles de soldados tomarán posesión de sus tierras, sus valles de pastoreo y sus abrevaderos. Matarán a todos los guerreros apaches que encuentren, y cogerán cautivos a sus mujeres y niños”.

Este firme discurso amenazante aplacó las peticiones de los apaches y, después de conversar entre ellos, la madre del difunto acordó dejar el castigo del mexicano en manos estadounidenses y de recibir por su pérdida todo el dinero que se le debía al prisionero, y 20 $ al mes, la cantidad de su salario, mientras estuviese en Santa Rita del Cobre. Pero los chiricahuas se volvieron recelosos y desconfiados, dejando de visitar a los estadounidenses diariamente. El 27 de julio, Bartlett anotó en su diario: “Solo vinieron tres indios hoy”.

Al día siguiente, el 28 de julio de 1851, los estadounidenses descubrieron que faltaban varias mulas de la manada de la Comisión Fronteriza. Bartlett y Craig supusieron que los apaches se las habían llevado. En consecuencia, el 29 de julio, Craig fue con 30 hombres a la ranchería de Delgadito, situada en el río Mimbres, a unos 8 o 10 km al este de Santa Rita del Cobre. La llegada de Craig alarmó a los apaches, pero él, con tacto, los tranquilizó y habló con sus líderes, quienes le aseguraron que no se habían llevado las mulas. Cremony, que siempre había desconfiado de los apaches, creía que habían robado las mulas para obtener una recompensa al recuperarlo y entregarlo a los estadounidenses. Cremony, en su libro “Life Among the Apaches” relató el incidente así: Después de buscarlas por todo el territorio circundante, unos 48 km, el coronel Craig me invitó a su puesto de mando y me pidió mi opinión sobre el tema. Sin dudarlo, le informé que pensaba que las habían robado los apaches, ya sea con la esperanza de la recompensa por traerlas de nuevo [ya que el Comisionado Bartlett había concedido anteriormente regalos a los apaches que trajeran animales] o que las hubieran cogido para quedárselas. Después de dos o tres horas de conversación, el coronel aceptó mi razonamiento y decidió ir a buscarlas él mismo. Llevando 30 soldados, visitó el campamento de Delgadito, en el río Mimbres. Los indios estaban un tanto excitados, declinando toda participación en el robo o tener cualquier conocimiento de los animales desaparecidos; pero prometieron buscarlos y si los encontraban, devolverlos. Ocho días después de cumplir su promesa, desapareció otra manada de mulas y caballos del coronel. Como solo tenía infantería, el coronel Craig no pudo mantener una campaña activa contra estos audaces y bien montados salvajes, por lo que reclamó la ayuda de la compañía de dragones del capitán Buford, de Doña Ana [Doña Ana County, New Mexico]. Poco después de la llegada de ese oficial, otro lote de animales desapareció de la misma manera misteriosa, iniciando una expedición conjunta, integrada por los dragones y la infantería montada, para recuperar los animales perdidos o castigar a los ladrones, si fuera posible. Esta expedición resultó totalmente ineficaz, ni se recuperaron los animales, ni castigaron a los indios; pero durante la ausencia de la tropa, los apaches, inteligentemente, habían atacado el campamento minero, a 4 o 6 km, según la costumbre, llevándose el ganado. Unos 20 miembros de la Comisión Fronteriza, encabezados por el teniente A. W. Whipple, montaron en sus caballos y salieron inmediatamente en su persecución. Los indios se dirigieron a un espeso bosque y un grupo, de unos 50 guerreros, se quedaron para presentarnos batalla, mientras que el resto se alejaba rápidamente con el ganado. Los indios se ocultaron detrás de unos grandes pinos, pero dejando ver su avanzadilla. Nuestro grupo desmontó y, acompañado por el señor Hay, el jefe minero, con cuatro de sus socios, dejamos nuestros caballos al cuidado de 8 hombres, y nos dirigimos a los árboles, manteniendo un vivaz fuego desde nuestro informal refugio.

Aquí acabó, por primera vez, las dudas sobre la identidad de los ladrones, ya que eran dirigidos por Delgadito, quien se mantenía a una distancia segura, vertiéndonos torrentes de los abusos más viles. Ese mismo sinvergüenza había dormido en mi tienda solo dos noches antes, cuando le di una buena camisa y un par de buenos zapatos.

El gobierno estadounidense había proporcionado a la Comisión Fronteriza varias armas recién patentadas, y entre estas estaban algunos rifles Wesson, cuyas balas podían alcanzar con bastante exactitud una distancia de unos 365 metros, en ese tiempo una distancia muy notable.  Uno de esos rifles estaba equipado con una nueva y fina alza, y a 320 metros un buen tirador podía alcanzar un objetivo del tamaño de su sombrero, 8 de cada 10 veces.

Entre nuestro grupo estaba Wells, conductor del carro del comisionado, un hombre excelente, valiente y frío, y un crack disparando. Indiqué a Wells donde estaba Delgadito y entregándole mi rifle, le dije que se acercara lo más posible, apuntara bien y abata al canalla. Wells se deslizó entre los árboles con la mayor prudencia y rapidez, hasta que llegó a 237 o 246 metros de Delgadito, quien, en ese momento, estaba golpeándose sus nalgas y nos desafiaba con su lenguaje más oprobioso. Estando exponiendo su trasero, una de las burlas favoritas entre los apaches, se descubrió ante Wells, quien apuntó intencionadamente al objetivo y disparó. Delgadito lanzó un grito sobrenatural y realizó una serie de bailes y cabriolas como haría un maestro de ballet. El líder apache se dio cuenta de su expuesta posición por el silbido de tres o cuatro balas en las proximidades de la parte superior de su cuerpo y cuando terminó su danza, corrió frenéticamente a través de un espeso bosquecito, seguido por su banda. Volvimos hacia nuestros  caballos y después de volver a montar, proseguimos de nuevo la persecución. En 15 minutos habíamos pasado el bosque y llegamos a la abierta llanura, sobre la que los apaches corrían por su vida. La persecución se prolongó durante 48 km, y solo al anochecer alcanzamos a las bestias, cuando el grupo a su cargo los abandonó y buscó la seguridad de sus compañeros. Percibiendo que la persecución sería inútil, nos contentamos con traer de vuelta el rebaño del señor Hay. Yo después me enteré de que la bala del fusil de Wells abrió un limpio agujero sobre esa parte de la persona de Delgadito, denominada en la jerga escolar como el ‘sitio del honor. No pudo montar a caballo durante varias semanas”.

Cremony relató en su libro “Life among the Apaches” un suceso que ocurrió algún tiempo después de los acontecimientos antes mencionados: “Era necesario que yo visitase la ciudad de Socorro [Socorro County, New Mexico], con el propósito de ayudar en la compra de ovejas. Tenía la suerte de poseer un caballo como nunca se había visto. Valiente y resistente; fuerte, rápido y bien parecido, había entrenado un animal especial y noblemente respondía a mi llamamiento cuando la ocasión lo requería.

En esos tiempos Fort Craig [Socorro County, New Mexico] no existía, y el espacio entre Doña Ana [Doña Ana County, New Mexico] y Socorro, una distancia de unos 200 km, es un gran desierto, cubierto con hierba fina en algunas partes, pero absolutamente desprovisto de agua o sombra en 155 km. Esta franja intermedia de territorio es conocida por la denominación poco atractiva de ‘la Jornada del Muerto’. Por qué recibió este nombre nunca lo supe claramente, pero supongo que fue por causa de las muy numerosas masacres cometidas en ella por los apaches. El este del camino está bordeado por unos 100 km de la Sierra Blanca, un fuerte observatorio elegido por ellos donde, desde sus alturas, pueden percibir claramente cualquier grupo de viajeros por la amplia y desprotegida extensión de ‘la Jornada del Muerto’. Como la llanura no ofrece ninguna oportunidad para la emboscada, siguen al viajero desprevenido en número más de lo habitual y si tienen éxito en su ataque, derrotan a todo el grupo porque allí no es posible huir, y los apaches nunca cogen prisioneros, pero las mujeres y los niños pequeños, se convierten en cautivos de por vida.

En Socorro había una pequeña guarnición estadounidense consistente en cerca de la mitad de una compañía del 2º de Dragones, al mando del teniente Reuben Campbell, un oficial que había conocido durante la guerra mexicana y con quien abrigué una relación sincera.

Salí de Doña Ana como a las 03:00 de la mañana y viajé tranquilamente hasta las 16:00 de la tarde, cuando desensillé mi caballo, le até a un fuerte arbusto plantado en un campo de hierba fina establecido a sotavento de un cactus, para coger un poco de sombra. A las 00:00 horas, a la medianoche, reanudé mi viaje y llegué a Socorro al día siguiente, a las 11:00 de la mañana, después de haber viajado durante el fresco de la noche a un ritmo mucho más rápido. Durante el viaje, no vi señales de indios; y permítanme añadir que los apaches de ‘la Jornada del Muerto’, o más adecuadamente los mescaleros, estaban por esas fechas en un estado de hostilidad activa. Pasé dos días agradables con el teniente Campbell recordando escenas e incidentes de la guerra mexicana… Después de haber descansado yo y mi noble caballo, me despedí de Campbell a la mañana del tercer día, a las 15:00 horas… Esperaba que mi viaje fuese tranquilo, pero no iba a ser así. Di descanso a mi noble bestia todo lo que pude, desmontando con frecuencia y llevándolo de la brida, a fin de mantener su fuerza y rapidez en caso de necesidad. Así íbamos hasta eso de las 15:00 de la tarde, momento en el cual habíamos recorrido unos 80 km, faltando 120 aún por recorrer. El sol estaba alto e intenso y se veía como un escudo de latón al rojo vivo. Un arbusto agradable, rodeado de fina hierba, de pie, a unos 90 metros a la izquierda del  fuerte y espléndido camino natural que corre a través de las 4/5 partes  de ‘la Jornada del Muerto’, me invitó a compartir  su modesta sombra y dirigí mi caballo en esa dirección cuando me sorprendió ver una columna de polvo a mi izquierda, en dirección a la Sierra Blanca, que tenía la apariencia de moverse rápidamente y que venía a mi encuentro. Instintivamente, sentí que era causado por los apaches; y yo tomé la precaución de apretar las cinchas de mi caballo, ver que la silla estaba correctamente, y comprobé mis cuatro ‘seis tiros’, dos de los cuales estaban en mi cinturón y otros dos en mi funda. También desaté un sarape mexicano [manta], que estaba atado a la parte posterior de mi silla, y atándolo, lo pasé por encima de los hombros y lo até debajo de la barbilla por una correa de robusta piel de ante. Para entonces el carácter del grupo que venía era inconfundible, y estaban evidentemente decididos a cortarme el paso en el camino. Mi valeroso caballo parecía apreciar lo que ocurría casi tan bien como yo. El grupo perseguidor fracasó en su primer intento, entrando en el camino, a unos 275 metros detrás mi. Notando que mi caballo era infinitamente superior en velocidad  y poder, tiré de las riendas para darle descanso todo lo que pude, lo que permitió a los indios acercarse a unos 45 metros. Eran unos 40, y ninguno con armas de fuego, pero pertrechados principalmente de lanzas, solo cinco o seis de ellos llevaban arcos y flechas. Estos proyectiles comenzaron a silbar cerca de mí; pero no presté atención, manteniendo de forma constante la carrera, hasta que uno penetró en mi manta; aunque fue completamente roto por el revoloteo de sus pesados pliegues dobles, que tenían un movimiento de traqueteo por la velocidad a la que íbamos. Al percibir que la fuerza de la flecha había sido neutralizada, saqué un revólver y, dándome media vuelta en mi silla, apunté a los salvajes. Esto les causó cierta alarma, aprovechando eso para redoblar mi velocidad durante 1’5 km o así, ganando unos 550 metros sobre mis perseguidores, cuando de nuevo tiré de las riendas para dar descanso a mi caballo.

Requería mucho tiempo para que recuperaran de nuevo la distancia de disparo, pero sus gritos y aullidos eran perpetuos. De esta manera, alternativamente comprobaba la aceleración de mi caballo y apuntaba mi revólver contra los salvajes, que me seguían durante muchos kilómetros de esa infernal ‘Jornada’. Varias flechas sobresalían en mi manta; una había rozado mi brazo derecho, saliendo simplemente la sangre, y otra había rozado mi muslo izquierdo. Entonces me convencí de que mi caballo era el principal objeto de su persecución. Su valor y cualidades inigualables eran bien conocidos por los apaches, y estaban decididos a obtenerlo, si era posible. Por supuesto, habrían sacrificado mi vida, si hubiesen tenido éxito en este pequeño asunto. Yo había comprado el caballo al capitán A. Buford, del 1º de Dragones de los Estados Unidos, quien me aseguró que no existía igual en todo el Territorio. Un apache mescalero le había ofrecido 100 mustangs por el caballo, pero se negó, alegando que podría cuidar de un animal con facilidad; pero si tuviera 100, los apaches tendrían posibilidad de robarlos en cualquier momento mientras pastaban.

Cerca del final de ‘la Jornada del Muerto’, el camino toma una pronunciada curva a la izquierda, en dirección a Doña Ana, interrumpida por una serie baja pero robusta de pequeñas colinas y profundos barrancos. Cerca de las 20:00 horas, la luna estaba brillante y ni una sola nube a la vista. Me dirigí alrededor de la primera colina, y me sorprendió ver que los apaches, aparentemente, habían abandonado la persecución, porque no escuché ni vi nada más de ellos, a pesar de que estaba unos 370 metros por delante… Golpeé mis espuelas en los malolientes flancos de mi pobre corcel, y gallardamente respondió a esta última llamada. Voló sobre el camino. Pasaba colina tras colina con maravillosa rapidez hasta que casi había transcurrido un cuarto de hora cuando escuché de nuevo a mis amigos apaches, a unos 75 metros detrás de mí… Sus caballos galopaban vigorosamente, tanto como el mío. Habían cabalgado más suave todo el camino, mientras que yo había le había dado descanso de vez en cuando. Si hubiera ido los 80 km a un paso lento el día antes… 

Así continuamos nuestra carrera hasta que llegué a 8 km de Doña Ana, a las 23:00 horas cuando, sintiéndome relativamente seguro, comencé a vaciar los cilindros de mis revólveres contra ellos. Entonces sus gritos y alaridos se volvieron temerosos, pero no dejé de disparar hasta que estuvieron de nuevo fuera de mi alcance. El resto del viaje lo realicé sin compañía, y llegué a Doña Ana a las 00:00 horas, medianoche, después de haber hecho la distancia de 200 km, en un caballo, en el espacio de 21 horas, los últimos 112 km a la carrera.

Tan pronto como llegué, me quité mi sarape, que tenía un buen número de flechas clavadas en él, llamé a mi criado José, quien se encargó de mi caballo… Varios intentos posteriores fueron realizados por los apaches para obtener la posesión de esa noble bestia, pero, estoy orgulloso y feliz de decir, que siempre sin éxito. En Santa Rita del Cobre lo salvé por mero accidente. En cierta ocasión, recordando que había perdido una herradura, envié a José a traerlo de la manada que estaba pastando a 1’5 km de distancia, bajo el cuidado de un guardia. La orden fue obedecida de inmediato y, media hora después de irse, todo el rebaño fue robado por los apaches.

Se puede decir, como norma invariable, que las visitas de los apaches a campamentos estadounidenses son siempre con fines siniestros. No tienen nada que cambiar, por lo que, en consecuencia, no es el trueque lo que les trae. Piden, pero de ninguna forma comparable a otras tribus indias; y difícilmente esperar recibir cuando piden. Sus agudos ojos perciben todo. Memorizan las armas y equipos, el número del grupo, su cohesión y precaución, el curso de su marcha, su sistema de defensa en caso de ataque, y la cantidad de botín que pueden obtener con el menor riesgo posible. Siempre que sus observaciones las pueden hacer desde cercanas alturas con posibilidad de una emboscada exitosa, los apaches nunca se muestran ni dan ninguna señal de su presencia. Como tiburón de tierra, uno nunca sabe que están allí hasta que siente su mordedura. En la naturaleza y disposición, en las costumbres, leyes, usos y costumbres, en la religión y ceremonias, en la organización tribal y familiar, en el lenguaje y signos, en la guerra y en la paz, son totalmente diferentes de todos los demás indios del continente de América del Norte…”.

En cuanto a Mangas Coloradas, tras su comparecencia el 21 de julio para discutir el castigo de Jesús López, abandonó la zona rumbo a su territorio en Santa Lucía Springs. Según Cremony, invitó a su yerno, un jefe navajo, a que traer a sus seguidores a territorio chiricahua “para ayudarle a deshacerse de sus indeseados intrusos”. Los emisarios de Mangas Coloradas dijeron a los navajos que los estadounidenses eran “ricos en caballos, mulas, telas de algodón, abalorios, cuchillos, pistolas, rifles y municiones”. Si bien esto era cierto, es difícil creer a Cremony de que los navajos habían venido para ayudar a Mangas Coloradas a enfrentarse a los estadounidenses. Su único objetivo era el comercio. Cremony insinuó que Mangas Coloradas y los navajos habían llegado a un acuerdo para atacar a los estadounidenses en el momento oportuno. En cambio, alrededor del 18 de agosto, Mangas Coloradas llegó con un numeroso grupo de navajos y comerció con los estadounidenses. Bartlett creía que eran espías que buscaban evaluar la fuerza de los estadounidenses. Sin embargo, los navajos, al igual que los chiricahuas, no tenían intención de participar en una abierta confrontación. Otra cosa era robar algunos caballos o mulas si podían huir sin ser detectados.

Craig dijo a Mangas Coloradas que desconfiaba de los navajos, pues había oído que eran deshonestos y asaltantes empedernidos. Para tranquilizarle, Mangas Coloradasaceptó hacerse responsable de cualquier animal perdido”. Esta declaración quedó en nada, ya que a finales de agosto, seguidores de Ponce y Delgadito, y algunos navajos, cometieron varios robos de ganado en Santa Rita del Cobre. Los apaches y navajos robaron unos 150 caballos y mulas de los miembros de la Comisión Fronteriza. Los navajos se fueron hacia el norte y los chiricahuas hacia el sur, a Janos y Corralitos. 

En esas fechas, la banda de Mangas Coloradas [probablemente con él estaba su yernoCochise] sumaba unos 300 guerreros, permaneciendo acampada a unos 6 km de distancia de Santa Rita del Cobre; mientras que la de Delgadito, sumaba casi la misma cantidad, ocupando el valle de río Mimbres, a 29 km de distancia de Santa Rita del Cobre; y unos 400 navajos ocupaban las orillas del río Gila, a 45 km de Santa Rita del Cobre.  

A finales de agosto, Bartlett decidió abandonar Santa Rita del Cobre y trasladar su base de operaciones más al oeste. Craig informó a sus superiores que  “ya no requeriría que este punto se mantuviera como depósito. Sin embargo, recomendó, que dado que Santa Rita del Cobre se encontraba en el corazón del territorio apache, que el coronel Sumner estableciera allí una guarnición permanente, de lo contrario, los apaches obligarían a los 15 o 20 ciudadanos que trabajaban en las minas cercanas a abandonar la zona.

Mientras tanto, el 26 de agosto, Mangas Coloradas, quizás desilusionado con los estadounidenses, envió un emisario de paz a Juan José Zozaya, en Janos [Chihuahua]. Zozaya, que se había disgustado mucho cuando se enteró de que los chiricahuas habían hecho la paz con los estadounidenses en Santa Rita del Cobre, les invitó a hablar.

Ángel Trías, el gobernador de Chihuahua, despreciaba a los apaches, pero prefería tener a los apaches bajo su control en México que bajo la influencia estadounidense en New Mexico. Trías había pasado parte del verano de campaña contra Cojinillín, Francisco y Felipe, líderes de los grupos carrizaleños nednais de El Carrizal [municipio de Ahumada, Chihuahua], aunque ellos se llamaban Gol-ga-ene, que significa “gente de lugar abierto, o Gul-ga-ki, “gente de perros de las praderas. Después se reunió, el 26 de agosto, con Coleto Amarillo en Corralitos [municipio de Casas Grandes, Chihuahua]. El jefe nednai dijo a Trías que los apaches querían la paz. Dos días más tarde, Trías fue a Janos donde se reunió con varios líderes chiricahuas, quienes le aseguraron que eran dignos de confianza. También consultó con Zozaya, quien dijo a Trías que los apaches deseaban sinceramente la paz. Trías informó a los chiricahuas que había venido a recompensar a los apaches por mantener la paz tras el injusto ataque de Carrasco.

Trías no sabía con certeza por qué los apaches habían abandonado Santa Rita del Cobre, pero un ciudadano que llegó de allí a Janos, mencionó que la muerte del apache a manos de Jesús López era una de las razones. Durante las primeras semanas de septiembre de 1851, Trías se reunió con Láceris [a veces llamado Pláceris, padre de Juh], Coleto Amarillo, Delgadito, Ponce y Mangas Coloradas

Todos acordaron acatar los términos del tratado que había estado vigente antes del ataque de Carrasco. Sin embargo, cuando llegó el día de la distribución de raciones, el lunes 22 de septiembre, Trías llegó a Janos con tantos soldados que  los chiricahuas, al verlos, huyeron por temor a ser traicionados.

Esto desconcertó a Trías y Zozaya, quienes especulaban que se habían dirigido a Fronteras, donde los chokonen negociaban la liberación de los cautivos capturados por Carrasco, o bien habían regresado a Santa Rita del Cobre, ya que la comisión de Bartlett había abandonado la zona.

Mangas Coloradas se había ido a las Burro Mountains [Grant County, New Mexico] y Mogollon Mountains [Grant & Catron Counties, New Mexico] donde sus seguidores comenzaron la cosecha otoñal de nueces de piñón, bellotas, vainas de mezquite, nueces, bayas y dátil [o yuca] para subsistir durante el invierno.a recolectar piñones, bellotas, frijoles de mezquite, nueces, bayas y dátiles [estos últimos introducidos por los españoles en 1765].

El 26 de agosto, una banda apache atacó a un destacamento de la compañía “B del 1º de Dragones, al mando del teniente Abraham Buford, en un lugar entre los ríos Gila y Pinto, en el sudoeste de New Mexico. Uno de los soldados falleció, y otro soldado y un apache resultaron heridos. 

El 4 de septiembre, Craig, quien había estado persiguiendo apaches durante las dos semanas anteriores, escribió al general Winfield Scott, comandante en jefe del Ejército en Washington: “Hay que dar una buena paliza a los indios, y deben devolver todas las propiedades que han robado, o este país nunca podrá ser habitado… Mi opinión es que el gobierno debería enviar dos regimientos montados a este territorio, independientemente de las tropas que hay aquí o deberían retirar las que hay aquí y dejar que los indios tengan el territorio. Los apaches tienen manadas de caballos. Creo que Mangas Coloradas tiene algunos de los mejores caballos que yo haya visto desde que estoy en este territorio. Si podríamos quitarles sus caballos, no tengo duda que pronto serían persuadidos a volver su atención a la agricultura”.

El 5 de septiembre de 1851, la Comisión Fronteriza pasó a través de Apache Pass [Cochise County, Arizona] donde tomó contacto con Gerónimo en algún lugar de esa zona.

El fracaso de las negociaciones entre Sonora y los chokonen, quienes se percataron de que Sonora no tenía intención de devolver a sus cautivos, provocó la reanudación del conflicto. Después de que una banda apache, probablemente chokonen de Miguel Narbona y de Cochise, matara a 59 sonorenses en agosto de 1851, Sonora anunció que tomaría represalias. A finales de septiembre, el teniente coronel José María Flores, un veterano de la guerra mexicano-estadounidense, había sucedido a Carrasco e inmediatamente adoptó la política belicista de su predecesor hacia los apaches. Para octubre de 1851, había reunido una fuerza de más de 300 hombres, divididos en dos grupos.El primero, mandado por él mismo,formado por 172 soldados presidiales y dos piezas de artillería; y el segundo  por el teniente coronel José Ignacio Terán y Tato, al frente de 150 soldados de tropas regulares. Establecieron un campamento base en el San Simon Valley [Cochise County, Arizona], a 15 km al noreste de Apache Pass [Cochise County, Arizona].

En octubre, los dos destacamentos avanzaron por el San Simon Valley. De camino, Terán y Tato envió de avanzada a una patrulla al mando del capitán Eusebio Gil Samaniego, quien el 13 de octubre descubrió una ranchería perteneciente a los jefes chokonen Posito Moraga y Trigueño, cerca de Carretas [Chihuahua], matando a cuatro guerreros, dos mujeres y un muchacho, y capturando a seis mujeres y tres niños. Entre los capturados estaba la mujer de Posito Moraga y familiares de Trigueño. Samaniego se reunió con Terán y Tato al sur de las Chiricahua Mountains, explorándolas antes de alcanzar el 21 de octubre el San Simon Valley.

Allí Flores dividió su fuerza. Él se dirigió al río Gila y después al territorio de los Western Apaches, donde mató a cinco hombres y capturó a otros cuatro.

Terán y Tato, emulando la estrategia de Elías González de dos años antes, fue al territorio de Mangas Coloradas, a las Burro Mountains, pero este eludió a los mexicanos yéndose al norte, hacia las Mogollon Mountains por lo que Terán y Tato volvió a México donde, a finales de octubre, sorprendió en la Sierra los Pilares de Teras [municipio de Agua Prieta, Sonora] la ranchería del chokonen Tapilá, matando a ocho guerreros y capturando otros cinco, además de 37 animales.

Terán y Tato predijo que los chiricahuas pronto pedirían la paz para organizar un intercambio de prisioneros. Acertó porque poco después [todavía era finales de octubre], Tapilá fue a Bavispe [Sonora] con un gran grupo de chokonen, entre los que se encontraban Chepillo y Chagaray, para negociar un intercambio de cautivos. Según los informes mexicanos, los apaches llegaron borrachos y en actitud belicosa, mientras que estos afirmaron que los mexicanos ofrecieron hospitalidad a los chiricahuas y se divirtieron emborrachándolos para luego matarlos más fácilmente. Sea como fuere, en el enfrentamiento que siguió, los mexicanos mataron a Tapilá, Ponesino [un hermano de Chepillo], a un hermano de Chagaray, y a otros 11 hombres, capturando a 27 mujeres y niños. Estas pérdidas fueron significativas para los chiricahuas, pues Tapilá era, junto con Miguel Narbona, los principales jefes de la banda chokonen.

Este golpe fue muy duro para los chokonen por lo que Cochise convocó una reunión de chihennes, bedonkohes y chihennes en las Chiricahua Mountains para principios de 1852 con intención de vengarse.

Mangas Coloradas contaría, en julio de 1852, su versión de los hechos al agente indio de New Mexico, John Greiner. Por supuesto, su relato contradecía la versión oficial dada por el comandante de Bavispe: ¿Acaso debemos quedarnos de brazos cruzados mientras nuestras mujeres y niños son asesinados a sangre fría, como sucedió el otro día en Sonora? Esa gente invitó a mi gente a un banquete. Nos mostraron toda clase de amistad. Nos confiamos, creyendo que estábamos seguros, cuando al finalizar el banquete trajeron un barril de aguardiente. Mi gente bebió y se emborrachó, y entonces los sonorenses les destrozaron la cabeza a quince de ellos a palos. ¿Acaso seremos víctimas de semejante traición y no seremos vengados? ¿No tenemos derecho a protegernos?.

En diciembre de 1851, quizás en venganza por la muerte de Tapilá, una gran partida de guerra de unos 200 hombres, probablemente chokonen, incursionó por Sonora, asaltó el distrito de Moctezuma y los alrededores de Hermosillo y Ures, matando a unos 30 hombres en un solo enfrentamiento.No se sabe si Mangas Coloradas tuvo algo que ver en esta incursión, ya que ningún apache fue reconocido durante el enfrentamiento, pero como el jefe chihenne no se encontraba en su territorio de New Mexico, a principios de 1852, parece probable que estuvo con los chokonen en esta incursión contra Sonora.

Los escritos de Jose Miguel Castañeda pueden ofrecer una prueba más de que Mangas Coloradas había llevado a su gente al territorio chokonen. Castañeda era un adolescente en 1851, cuando iba en el grupo de John Able de Chihuahua a California. A finales de año, Able tenía 10.000 ovejas que intentaba llevar a California. Por entonces acampó en el abandonado rancho de San Bernardino, al nordeste de Douglas [Cochise County, Arizona], donde se reunió con Mangas Coloradas y 300 apaches de su banda, entre hombres, mujeres y niños. Able dio 10 ovejas a los apaches, quienes “después de una fiesta partieron dando muestras de amistad”. Pocos días después, volvieron y, al recibir solo dos ovejas, se fueron de mal humor. Poco después robaron varios caballos, pero no pudieron llevarse ninguna oveja.

A finales de 1851, los apaches, presuntamente chiricahuas, pertenecientes a las bandas de Cuchillo Negro, Delgadito y Ponce, mataron a varios hombres a lo largo del Río Grande[Texas y New Mexico].

Mientras Mangas Coloradas estaba ausente de New Mexico, se produjeron varios cambios en su territorio. El Departamento de Guerra en Washington había dado órdenes al nuevo comandante del Departamento de New Mexico, el coronel Edwin Vose Sumner, llevar a cabo una política diferente “para revisar todo el sistema de defensa”. Sumner, un tirano en el sentido militar, decidió trasladar las guarniciones fuera de los asentamientos civiles para controlar mejor a los nativos y proteger más eficazmente la frontera mexicana.

Esta nueva filosofía redujo los costos operativos en cada fuerte, ya que las tropas, podían construir sus propios cuarteles, sembrar sus propios cultivos, recoger su propia leña y recolectar forraje cuando no estaban en campaña. A pesar de su arrogancia, su gobierno autocrático, su intolerancia hacia los funcionarios estatales y su desdén por los agentes indios y los funcionarios civiles [a quienes les hacía la vida imposible], Sumner, en palabras del historiador Robert Utley trazó las líneas generales de un sistema de defensa que perduró sin cambios fundamentales durante 40 años.

A finales de febrero de 1852, cuando James S. Calhoun, gobernador de New Mexico, recibió noticias de las hostilidades apaches y una petición de los ciudadanos de Socorro solicitando protección, inmediatamente culpó al coronel Sumner. La enemistad entre ambos existía casi desde la llegada de Sumner a New Mexico el año anterior. Calhoun había esperado firmar un tratado con Mangas Coloradas y otros líderes apaches en Santa Rita del Cobre el verano anterior, por lo que aprovechó la oportunidad para criticar al comandante militar, sugiriendo que sus políticas de austeridad habían obstaculizado a las tropas y, en algunos casos, les habían impedido cumplir con su deber. El 29 de febrero de 1852, informó a Daniel Webster, secretario de Estado en Washington, que ni un solo acto de los indios ha sido castigado. Ese mismo día, lanzó otra crítica contra Sumner en una carta a Luke Lea, comisionado de Asuntos Indios, insistiendo en que podría haber evitado los actuales problemas con los apaches si el coronel Sumner le hubiera proporcionado las armas necesarias para equipar a sus empleados, para ir personalmente al campo de batalla y comprobar por mí mismo que los indios fueran castigados hasta la obediencia o que fueran completamente exterminados. Para concluir, informó a Luke Lea que había contratado a Charles Overman como agente especial para los apaches del sur de New Mexico.

En cuanto a Delgadito, había abandonado Santa Rita del Cobre tras la batalla de enero y huido al norte de Sonora. El 6 de marzo de 1852, un destacamento de Fronteras [Sonora] mandado por el capitán Miguel Lozada y guiado por el chiricahua Mariano Arista, se dirige a la Sierra Caguillona, a unos 25 km al norte de Fronteras, donde encuentra, una hora antes del amanecer, la ranchería del chihenne Delgadito. Lozada dividió su destacamento en tres columnas y al amanecer cargó contra los apaches, sorprendiéndolos totalmente. Mataron a cinco guerreros, dos mujeres y un niño, y capturaron a cinco mujeres, un niño y 54 caballos y mulas. Los mexicanos hirieron a varios más, incluyendo a Delgadito, supuestamente con serias heridas. Los supervivientes se dirigieron al norte, a las Chiricahua Mountains [Cochise County, Arizona] para unirse a los chokonen de Miguel Narbona y de Cochise.

Poco después del mediodía del 20 de marzo de 1852, Mangas Coloradas y su banda de más de 100 guerreros llegaron al lado oeste de las Chiricahua Mountains, frente a la parte norte de las Swisshelm Mountains. Allí se sorprendió al encontrar a unos 180 bedonkohes, chihennes y chokonen parlamentando con un destacamento de Sonora al mando de Terán y Tato, y los capitanes Escalante y de Aros. Una manta separaba a de Aros y Gallegos de Miguel Narbona, Casimiro, Esquinaline, Delgadito, un hijo de Mangas Coloradas [probablemente Cascos], al menos dos hijos de Teboca, y probablemente Cochise y su hermano Coyuntura. Cuando los sonorenses vieron llegar a la banda de Mangas Coloradas, temiendo una trampa, dieron por finalizada la reunión.  

Poco después, Delgadito fue allí para hablar otra vez con Gallegos, diciéndole que los mexicanos habían atacado hace poco [el 6 de marzo] su ranchería, capturando a varios miembros de su banda, queriendo llegar a un acuerdo para recuperarlos, sabiendo que estaban confinados en Fronteras. Gallegos le dijo que no tenía autoridad para prometer nada y que, además, tenían que irse para encontrar agua y pastos para sus monturas. A la mañana siguiente, los mexicanos fueron a lo largo de las estribaciones del lado oeste de las Chiricahua Mountains llegando hasta el Bonita Canyon [Cochise County, Arizona] donde acamparon. Esa noche vieron hogueras en la parte superior del cañón, por lo que Escalante envió a unos cuantos hombres a investigar, informando que las laderas estaban llenas de apaches.

Al amanecer, el día del 22 de marzo, los chiricahuas, unos 300 guerreros, les atacaron. Llegaron de todas las direcciones, la mayoría a caballo, hiriendo al capitán Teodoro de Aros al inicio del enfrentamiento. Escalante y de Aros agruparon a sus hombres disparando un efectivo fuego contra los apaches. Al perder el elemento sorpresa, los chiricahuas se retiraron, manteniendo un intercambio de disparos durante las dos horas siguientes. Los chiricahuas habían matado a tres hombres y herido a 10, seis de gravedad. De Aros estimó que los apaches habían tenido 12 muertos y 30 heridos. Poco después de acabar el enfrentamiento, los mexicanos se dirigieron al norte, hacia Apache Pass [Cochise County, Arizona] mientras los chiricahuas iban al sur, hacia Sonora.         

Una semana después, Delgadito y posiblemente Mangas Coloradas llegaron a Fronteras con un gran contingente. El 30 de marzo de 1852,  sorprendieron a 14 hombres que trabajaban sus campos a las afueras de Fronteras. La mayoría de los soldados se encontraban en campaña contra los nednais, en el sur de New Mexico y el norte de Chihuahua. Los apaches mataron a dos hombres y capturaron a otros seis, a varios de los cuales hirieron. Luego llegaron a las colinas al este del presidio y aparecieron con banderas blancas. Querían intercambiar a sus prisioneros por los capturados el 6 de marzo en la Sierra Caguillona. El comandante militar de Sonora en Arizpe autorizó el trato el ​​2 de abril. No estaba contento con las acciones del capitán Gabriel García, pero el intercambio de prisioneros se llevó a cabo según lo acordado y los apaches partieron hacia el interior.

El 24 de marzo, el destacamento de Samaniego se unió al de Miguel Lozada en Boca Grande [municipio de Ascensión, Chihuahua], sumando un total de 230 hombres. Enviaron exploradores para rastrear el camino, encontrando un rastro que iba de las Florida Mountains [Luna County, New Mexico] hacia el sur, hacia la Laguna Guzmán [municipio de Ahumada, Chihuahua].

Una semana después, Delgadito y posiblemente Mangas Coloradas llegaron a Fronteras [Sonora] con un gran contingente. El 30 de marzo de 1852, sorprendieron a 14 hombres trabajando sus campos a las afueras de la población. La mayoría de los soldados se encontraban en campaña contra los nednais en el sur de New Mexico y el norte de Chihuahua. Los apaches mataron a dos hombres y capturaron a otros seis, a varios de los cuales hirieron. Luego llegaron a las colinas al este del presidio y aparecieron con banderas blancas. Querían intercambiar a sus prisioneros por los capturados el 6 de marzo en la Sierra Caguillona. El comandante militar de Sonora en Arispe autorizó el trato el ​​2 de abril. No estaba contento con las acciones del capitán Gabriel García, pero el intercambio de prisioneros se llevó a cabo según lo acordado y los apaches partieron hacia el interior.

Después de firmar un tratado con los apaches mescaleros el 1 de julio, Greiner preparó su viaje al Ácoma para reunirse con los chiricahuas. El 3 de julio, Greiner pidió a Sumner una escolta para el viaje, donde un gran grupo de chiricahuas estaba esperándole. Sumner dijo: Yo mismo voy a ir al Ácoma para reunirme con los apaches del Gila…. Llegaron el 11 de julio.

Una gran banda de chiricahuas estaba en las cercanías, pero temían entrar en la población porque el Ácoma estaba construido sobre una gran meseta de 105 a 120 metros de altura sobre la llanura, con solo una vía de entrada y salida. ¿Por qué Mangas Coloradas eligió el Ácoma, situado al norte de su territorio? Quizás por su alianza con los navajos, y porque había comerciado allí en el pasado. De paso, visitó a sus parientes y amigos que estaban con los navajos, comerciando con ellos. Por ese tiempo, o poco antes, Mangas Coloradas y los líderes navajos habían establecido un límite que separaba el territorio apache del navajo. Años más tarde, George Martine, hijo del scout chiricahua Martine [el nednai que actuó como emisario del teniente Gatewood para encontrar a Gerónimo y Naiche en agosto de 1886], dijo a los estadounidenses que las dos tribus habían establecido su línea limítrofe en Gallup [McKinley County, New Mexico], en el noroeste de New Mexico, pero esta afirmación parece errónea, estableciéndose ese límite por la línea que iba desde la frontera oriental de Arizona hasta Quemado y Datil [Catron County, New Mexico], y Magdalena y Socorro [Socorro County, New Mexico], sobre el  Río Grande.

Después de dejar Fort Conrad, Wingfield se topó con una expedición mexicana de unos 100 hombres, probablemente un destacamento del Paso del Norte [Ciudad Juárez, Chihuahua] mandado por Mariano Varelo, a unos 30 km al sur de Fort Webster. El gobernador Ángel Trías había ordenado a Varelo que persiguiera a los apaches de acuerdo a la nueva política militarista de Chihuahua. A Wingfield no le gustó su actitud, a la que calificó de sospechosa, sintiéndose aliviado cuando regresaron a México sin molestar ni a los apaches ni a los ciudadanos del sur de New Mexico. Tras un viaje de 10 días desde Fort Conrad, Wingfield llegó a Fort Webster, a orillas del río Mimbres, el 7 de diciembre de 1852.

Allí encontró a la mitad de los soldados alojados en tiendas, mientras el resto estaba en edificios hechos de troncos y barro. Al mando estaba el capitán Enoch Steen, que había reemplazado al comandante Morris [Sumner había trasladado al controvertido Morris a Fort Union]. Steen propuso de inmediato que el ejército subcontratara las labores agrícolas de Fort Webster a civiles. Esta sugerencia tocó una fibra sensible en el coronel Sumner, quien la rechazó. El comandante del departamento recordó secamente a Steen sus prioridades: garantizar la disciplina de sus tropas, mantener a raya a los apaches, y cultivar, cultivar, y cultivar.

Steen hizo que Wingfield se sintiera a gusto en el puesto. Sorprendentemente, Sumner ya había emitido órdenes autorizando a Steen a proporcionar dos raciones diarias al agente, por lo que, escribió Wingfield, “estoy muy agradecido”. El agente eligió un lugar a unos 1,2 kilómetros del fuerte, donde planeaba construir alojamiento con la expectativa de que Lane le reembolsara los gastos legítimos. Durante todo diciembre, el agente esperó en vano la aparición de los chihennes. Finalmente, hacia finales de mes, envió un mensajero invitando a “algunos de los jefes a visitarme”.

El 7 de enero de 1853, Ponce y Negrito llegaron expresando sus deseos de vivir en paz. Dijeron que vendrían en 20 días con sus seguidores, pero no mencionaron a Mangas Coloradas, quien había ido al territorio chokonen para su incursión anual de invierno contra Sonora.

Pocos días después, Steen recordó al gobernador Lane que los apaches carecían de lo más básico, “eran muy pobres y estaban mal vestidos”, y predijo correctamente que “deberían robar o morir de hambre”. Unas semanas más tarde, escribió otra carta a Lane, recomendándole que reservara tierra en la orilla este del río Gila para que los apaches cultivaran la tierra. Una vez establecido, los estadounidenses podrían atraer a los apaches y enseñarles a “mantenerse por sí mismos cultivando cereales y verduras, y criando ganado”. Hasta entonces, el gobierno tendría que dar raciones a los apaches para evitar que incursionaran, especialmente por México. Las ideas de Steen gustaron al gobernador, quien estaba deseoso de poner a prueba el pragmático plan del capitán).

Durante el mes siguiente, prácticamente todos los líderes importantes de las bandas chihennes, excepto Mangas Coloradas, quien seguía con los chokonen, se presentaron en Fort Webster. Incluso Delgadito, antes el más recalcitrante de todos los líderes chihennes, había acudido en busca de ayuda y asegurando a los estadounidenses que deseaba la paz. El poder de persuasión de Steen, unido a las raciones de Wingfield les infundió confianza. Steen observó que en sus primeras visitas, los apaches carecían de comida y estaban casi desprovistos de ropa. Se habían sentido “muy satisfechos” después de recibir comida y otros regalos. Steen finalizó su informe solicitando 20 caballos para emprender un viaje por el río Gila en busca de Mangas ColoradasTras la cosecha otoñal de bellotas y nueces de piñón, Mangas Coloradas había llevado, a principios de año, a sus seguidores, al Doubtful Canyon y Apache Pass [Cosiche County, Arizona], para reunirse con su yerno Cochise y reclutar guerreros para incursionar por Sonora.

En enero de 1853, el capitán Eusebio Gil Samaniego, al frente de un destacamento de Sonora, había matado a cinco chiricahuas en la Sierra Larga [?], en el nordeste de Sonora, y luchó, a mediados de febrero, con los líderes chokonen Trigueño, Carro y Yaqui, en la Sierra de Teras [municipio de Agua Prieta, Sonora].

La intervención francesa, a finales de 1852 y principios de 1853, había obligado a Sonora a concentrar tropas para repeler la invasión, dejando así el interior vulnerable a los apaches. Para febrero, dos grandes bandas habían penetrado profundamente en la Sierra Madre. El 19 de febrero, una banda apache atacó un rancho en el distrito de Sahuaripa [Sonora], robando muchos caballos y mulas. Ese mismo día, otra banda atacó Milpillas, una hacienda cerca de Bacanora [Sonora], matando a nueve personas y robando todo el ganado. Una semana más tarde, otra banda apache de unos 70 guerreros, asaltó un rancho cerca de Tonichi [municipio de Soyopa, Sonora], matando a cinco personas y capturando a varios más.

Los chiricahuas continuaron incursionando durante el mes de marzo, atacando ranchos y viajeros en varios lugares de los distritos de Arizpe, Bavispe y Sahuaripa. A final de mes, informes procedentes de Sonora indicaban que grupos de chiricahuas se retiraban hacia el norte desde el interior, juntándose en la Sierra de Teras [municipio de Agua Prieta, Sonora], donde se habían unido “muchas bandas de apaches”.  

Mangas Coloradas preguntó por qué era necesario otro acuerdo, ya que, en su opinión, había cumplido con los términos del tratado de Ácoma con el coronel Sumner. Cuando Wingfield le explicó el pacto, el jefe debió darse cuenta de que no tenía nada que perder y mucho que ganar. La oferta de Lane de raciones regulares y ganado reproductor sin duda le complació. Mangas Coloradas, quien había conocido a Steen tres años antes en Santa Rita del Cobre, pidió al capitán que estableciera un fuerte en el río Gila para tener un puesto entre él y los mexicanos. Propuso reunir allí a su gente y cumplir con los términos del tratado. Incluso se ofreció a acompañar a Steen para indicarle el mejor lugar para el puesto. Steen calculó que los seguidores de Mangas Coloradas podrían ser más de 1.000 personas. Dado que el grupo local de Mangas Coloradas sumaba alrededor de 100 personas, Steen debió incluir a la banda de bedonkohe junto con los chihennes de Itán y Delgadito, y quizás algunos chokonen que habían llegado de Arizona. El jefe admitió que las tropas de Fronteras habían matado a tres de sus hombres durante el asalto. Steen resumió la conferencia declarando que “Mangas Coloradastiene más sentido común que todos ellos juntos.

El gobernador Lane, siempre dispuesto a estallar ante cualquier asunto relacionado con el agente Wingfield, lo hizo poco después de recibir su informe sobre la presencia de Mangas Coloradas en Fort Webster. Lane estaba preocupado ante el problema económico de alimentar a tantos apaches. Preocupado por la posibilidad de mantener a más de 1.000 apaches, descargó su frustración en Wingfield, a quien culpó de la situación. Su ira se agravó aún más con la llegada a Santa Fe, el 29 de mayo, del señor Duvall, el proveedor del puesto de Fort Webster. Duvall dijo a Lane que MangasColoradashabía pedido permiso para llevar a su gente al río Mimbres para cultivar la tierra. El gobernador sacó conclusiones precipitadas y aceptó la versión de Duvall sin investigar los hechos. Estaba enfadado por el gasto adicional de alimentar a los seguidores de Mangas Coloradas que no entraba en su presupuesto, creyendo que las tierras a lo largo del río Mimbres no podían sustentar a más apaches.

Sin embargo, ni Mangas Coloradas ni Wingfield habían propuesto tal medida. Mangas Coloradas no estaba dispuesto a ocupar el territorio de las bandas de Ponce y Cuchillo Negro, sobre todo porque se sentía mucho más cómodo viviendo en Santa Lucía, a orillas del río Gila. En todo caso, fue la percepción idealista de Wingfield sobre los apaches lo que le causó problemas; se preocupaba por los intereses de sus representados. Wingfield no supo que Washington había rechazado el tratado de Lane hasta el 15 de junio. Para entonces, sin embargo, el gobernador Lane ya había decidido reemplazar a Wingfield por otro agente. En cualquier caso, se desconocía si el malentendido de Duval fue deliberado o involuntario.Sin embargo, fue la gota que colmó el vaso, en lo que a Lane respecta.

El Dr. Michael Steck, agente de los utes y los apaches jicarillas, se encontraba casualmente en Santa Fe. El 3 de junio, Lane lo relevó de todas sus responsabilidades en Taos [Taos County, New Mexico] y lo reasignó como agente temporal de los apaches mescaleros y los apaches del Gila en sustitución de Wingfield.Mangas Coloradas, Delgadito, Cuchillo Negro, Ponce e Itán estaban envejeciendo por lo que su mundo, necesariamente, iba a cambiar.

El nombramiento del Dr. Michael Steck marcaría el comienzo de una larga y fructífera relación entre los estadounidenses y los chihennes. Cada vez  más estadounidensesllegaban a su territorio, y la continua guerra de los chiricahuas con México había afectado gravemente a los apaches, especialmente a los chokonen y a los nednais. La llegada de Steck traería estabilidad al mundo chihenne. Por fin habían encontrado un hombre en quien confiar, aunque esa confianza llevaría su tiempo. Su capacidad e integridad resultarían ser fundamentales en las relaciones de los estadounidense con los chiricahuas).

Poco después, el gobernador David Meriwether partió de Santa Fe hacia Fort Thorn para consumar el tratado con los chihennes y los mescaleros. En el camino, se detuvo en Los Lunas, donde pidió al capitán Richard S. Ewell que lo escoltara hasta Fort Thorn, llegando el 7 de junio de 1855. El tratado con los chiricahuas y los mescaleros se firmó el 9 de junio, pero no con los apaches del Gila [se refería a los bedonkohes], ya que estos habían emprendido una incursión por México, en medio de una fuerte ola de calor [los termómetros marcaron una media, durante esos días, de más de 38° C]. El gobernador diría que las bandas participantes habían llevado a mucha de su gente, pero otros informes estimaron que eran 250 los apaches presentes. Firmaron el tratado 15 líderes chihennes y nednais de un grupo local de Janos. Por los chihennes firmaron Cuchillo Negro, Itán [quien ya había regresado de la incursión a Janos del mes anterior], Delgadito, Loco y Riñón; y por los nednais Láceris y José Nuevo. Otro nombre que aparece es Lucero. En la lista de firmantes también aparecen dos mujeres chiricahuas, Mónica y Refugia, quienes actuaron como intérpretes. Las memorias de Meriwether, escritas 30 años más tarde, resultan algo confusas, ya que mencionan la presencia de Cuchillo Negro y de Mónica, una mujer chihenne cuyo nombre aparece como intérprete de vez en cuando en otras negociaciones, a pesar de su avanzada edad.